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Para mí la pintura es una sorpresa: Amador Montes

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Foto(s): Cortesía
Israel García Reyes

El pintor oaxaqueño Amador Montes nos recibió en su estudio ubicado en el Centro Histórico de Oaxaca de Juárez para darnos una entrevista acerca de su vida y trayectoria.

Es un lugar de muros altos bien iluminado con un patio central en el que descansan varias piezas pictóricas en desarrollo. En un costado del salón hay otro espacio con varias mesas de trabajo, una enorme con libros y pinturas, en tanto en las otras hay espátulas, tarros de pinturas acrílicas y en aerosol, además de esculturas y cuadros. 

 

 

Nos recibe sonriente, de manera sencilla y entretenida, por lo que hace más fácil iniciar la conversación.

Háblanos de tu infancia, ¿cómo fue crecer en Oaxaca?

El Oaxaca que yo conocí cuando era niño era un Oaxaca bastante sano, con mucha vegetación, con mucha tierra, con mucho adobe, aquí en el centro de la ciudad. Pero era otro Oaxaca. Muy lindo, a mi forma de ver, muy comunitario. Muchos vecinos, nos llevábamos; era lindo salir a jugar todos los días. Fue bastante padre tener esta influencia de lo que era en realidad Oaxaca y de lo que se ha convertido. Tuve una niñez oaxaqueña, en su comida, en su vestimenta, en su forma de ser y entender como oaxaqueño. 

 

 

Oaxaca siempre va de la mano de la actividad artesanal, la plástica o la música. En mi casa siempre había un músico cerca, un alfarero, un pintor cerca, un cuate que hacía carrizo. Esa forma oaxaqueña de crecer me gustó muchísimo y es lo que me hace ser un adulto pintor y que entienda muy bien el Oaxaca en que crecí.

¿Tu infancia tiene qué ver con lo que haces ahora? 

Sí. Tuve una infancia linda, pero limitada. Yo no tenía para viajar y salir y ver lo que pasa en otros lados. No tenía otras grandes distracciones. Mucho era jugar creando cosas con carrizo; ayudar al artesano de enfrente: estar siempre haciendo cosas con las manos. Bastante libre de pensamiento y físicamente. Podía llegar hasta las doce de la noche a la casa y no había problema. Esta libertad me construyó para ser el pintor que soy. Personalmente, tenía muchas qué decir. Yo no venía de una familia organizada: linda sí, pero no organizada. Era mi forma de expresar y decir: dibujando y pintando. Desde entonces yo pintaba y dibujaba sin conciencia de lo que hacía; era un ejercicio para liberar, un ejercicio de fuga, un ejercicio para estar mejor y crear un mundo un poco mejor del que en ese momento personalmente tenía. Y eso después te permite retomarlo. Se convierte en una acción más social y de vida.

Yo siempre vi la pintura más cercana a mí como un gran colchón, como un gran abrazo y hoy, después de mucho tiempo, es parte de mi vida.   

Vemos que hay muchas aves e insectos en tu obra, ¿qué significan para ti?

Es que era un Oaxaca pueblerino, válgame la expresión. Todos jugábamos y había calles de tierra: paredes de adobe y jugar con este insectario que había en Oaxaca. Tuvimos muchísimos insectos y los niños jugábamos con las mayas, con las mariposas, con los pájaros. Era una forma de ambientar el lugar: eran grandes escenarios. Yo tenía una casa humilde, pero con un gran patio, una huerta donde mi papá sembraba árboles y estaba muy cercano el tema natural de flora y fauna. Después, tuve una estadía en Corea y hago una relación entre mis aves y las aves con que ellos viven. Se hace una combinación y se quedan personajes que, a veces, parecen aves, a veces parecen insectos, pero que en realidad son gestos de un dibujo que pueden parecer un ave, que pueden parecer pájaros, que pueden parecer garzas. No son testigos fieles. Son procesos de cambio. Líneas.

También manejas textos...

Sí porque también estudié la carrera de diseño gráfico. Es una carrera comunicativa, te enseñan a usar la tipografía, tienes otra cromática, otro dibujo. Es más publicitaria. A mí me llamaba mucho la atención el cartelismo y la combinación de tipografía y dibujo. Estos elementos en conjunto me parecen formidables. Mi trabajo, de repente parecen carteles grandes. Tienen la tipografía y hay un dibujo. Así se fue conformando mi lenguaje, entre lo que dibujo, lo que pinto y lo que escribo. Me gusta leer. Me gusta escribir. Me gusta conformar mi diálogo o mi forma de expresión. Fue un proceso que siempre lo hice desde muy chico. Se me hace muy linda la tipografía, la aprecio, me gusta, el diseño y, aparte, la pintura. Se conformó todo, un lenguaje en el que me siento muy cómodo y puedo hacer mi profesión.

Eso hace muy distinguible tu trabajo; es reconocible...

Sí, siempre admiré a muchos artistas que escribían en los cuadros, los cubanos y obviamente  Toulouse Lautrec y los artistas del cartelismo y el diseño. Yo estudié fuera del estado y cuando llegué a Oaxaca empecé a pintar con escritura, y aquí no lo hacían tanto. Yo, al ser más tendido al diseño, pues hubo un buen mecanismo para pintar y escribir a la vez, y construirlo en las piezas. Es más una construcción en mi trabajo.

El nombre de Carmen es una constante en tu obra...

Carmen era mi madre. Al inicio, en mi juventud, en mi casa, yo propuse la idea de ser pintor. Mi papá no quería, como muchos papás, pues mis hermanos son ingenieros y arquitectos. Pero mi madre sí me apoyaba muchísimo; decía: "sí, vete a pintar". En las tardes teníamos una dinámica. Ella hacía chocolate para vender; era chocolatera. Ella preparaba el chocolate y yo pintaba. Nos acompañamos todas las tardes por mucho tiempo. Ella sí entendía mi pasión por la pintura. Mi papá no. Nada más era decir "no" y teníamos que estudiar tal cosa. Cuando yo regreso y empiezo a pintar más formal, con caballete y piezas más grandes, hago mi primera exposición, pero mi madre muere y ya no hubo chance de que ella viera este trabajo que habíamos hecho en conjunto. Me pareció lindo poner Carmen en mis cuadros, a modo de homenaje, de un recuerdo, de un logro entre los dos. Se volvió una constante en mi trabajo. Empecé a hilar, a hacer una cosa más poética del nombre Carmen; a escribirle, a dibujarla, a dibujar sus jardines. Se hizo una constante en mi trabajo dibujar para ella. Dibujé su cocina, dibujé sus recetas, dibujé sus flores, la dibujé a ella, dibujé lo que nos gustaba hacer. El inicio era ése. 

Son los procesos y desarrollo de un artista.

Siempre debe haber un pretexto. Yo siempre tuve un pretexto negativo, de refugiarme en mi pintura. Después siguió así cuando mi madre ya no estaba, era como pintarla a ella, para ella y con ella. Yo pinto flores porque ella, como buena ama de casa oaxaqueña de ese entonces, tenía sus plantitas y sus jardines llenos de geranios a los que les hablaba y regaba. A mí me pareció muy poético. Lo hago como manera de recordarla. Mi iconografía y mi planteamiento empiezan a ser así; ya después se alimentan de viajes, de lecturas, de películas, de gente y de tu viaje personal.

¿Escuchas música mientras trabajas o prefieres el silencio?

Sí. Para mí la música detona un sentido. La misma música la estás siguiendo; escuchas una frase de Serrat, conmovedora, o algo de jazz. Es un gran aliciente estar acompañado de música. Casi todos los géneros me acompañan. Me gusta mucho la trova, el jazz; me gusta el tema de lo mexicano, nuestra música, la música de la sierra, la música de viento, los sones. En el proceso vas cambiando. Lo interesante es que tus sentidos te van acompañando. El arte no es lineal, tiene sus picos y sus bajadas. El cuadro comienza a convertirse en un cuadro alegre y un buen son; música veracruzana, te empieza levantar y te lleva a un éxtasis alegre. Pero de repente, esa misma pintura se empieza a tornar triste, empiezan a llegar recuerdos y escuchas música más melancólica, oyes a Serrat y terminas haciendo una pieza más melancólica.

Yo funciono más con otras disciplinas. Me gusta más colaborar con un arquitecto, con un chef, con un músico, que con otro pintor. Lo he hecho, pero de alguna manera otras disciplinas me parecen complementarias y enriquecedoras: todo lo es. Me gusta más a partir de leer un libro, de una película, de conocer a alguien; a partir de hacer un viaje: detonar el tema personal. Empiezas a construir una pieza a partir de las cosas que te mueven. 

¿Cómo es un día típico de trabajo?

Me levanto, camino un poco, desayuno algo ligero. Si voy a pintar algo fuerte, que esté muy emocionado, tomo un poco de café y fruta. Vengo al taller, pongo música, me tomo otro café. Leo un poco, reviso algunas cosas, empiezo a hacer un proceso de dibujo. Tienes que llegar a cierto éxtasis; no es tan rápido. Si tienes alguna preocupación, no estás del todo bien. Empiezo a elevar mi estado anímico, porque esto requiere hasta un estado físico. Yo que pinto grande, no puedes estar así (se encorva en su silla y hace gestos como de enfermo); requiere fuerza física, mental y espiritual: todo se va conjugando para poder plasmarlo en la pieza. Empiezo a ver algunas cosas -si tengo que dibujar o apuntar algo-, hasta que te das cuenta que ya son las siete de la noche. En mi trabajo es muy apasionado y cuando me doy cuenta ya son las seis de la tarde. Acabo el día, me voy a comer, a caminar un rato y como a bajar la intensidad a la que te llevó la pieza. Yo trato de ir subiendo niveles poco a poquito, luego a pintar y luego a bajar niveles. Tengo 25 años pintando. Te das cuenta de tus métodos. Yo llegaba a la casa, me daba un baño y quería dormir, y no: la cabeza sigue, te dan las tres de la mañana y no duermes, no descansas. Tienes que ir bajando los niveles del éxtasis al que te llevó la misma pintura. 

El estado del clima me influye demasiado. Si son días tristes, nublados, con lluvia, en domingo, no son los mejores días. Los mejores días son los días soleados, como muy alegres: lunes, martes, que empieza la semana y me siento muy vivo; después de un viaje, después de extrañar mucho el taller. De repente salgo mucho tiempo y me voy a vivir a otros lados. Cuando regreso, dejo mis maletas y me vengo acá, aunque sean las diez de la noche. La pintura es como una mujer celosa, hay que estar constantemente acariciándola.

¿Tus jornadas son agotadoras?  

Siempre. Yo disfruto así la pintura. No hay una fórmula. Cada quién tiene sus propios métodos. A mí me gusta ser muy intenso: pintura, la música a mucho volumen. Entre que pinto, veo libros, fumo un cigarro, tomo café. Pasan muchas cosas en ese hacer de la pintura. El mismo proceso del cuadro cambia. En un momento es muy intenso, pero ya cuando uno ve el cuadro logrado, o ya lo  entendiste, mañana ya es más contemplativo. Ya después es más delicado. Al final es solamente caricias. Pasa por muchos procesos la misma pieza. 

Regularmente sólo hago un proyecto, las piezas, la exposición, el concepto, las esculturas: es solamente eso. Es que puedo desenamorarme muy rápido. Si me enamoro de lo otro, dejo lo primero y se queda a medias. He aprendido a empezar y terminar un proyecto. Creativamente es bastante atractivo no tener un orden ni una fórmula. 
A veces, el cuadro que ya sientes casi terminado, al final de cuentas no es el cuadro que querías y se fue a la borda.

¿Los desechas?

Los vas cambiando. Y, a veces, el cuadro que dices: este cuadro no quiere, no se deja, no hay comunión. Y de repente, por alguna razón, con alguna pincelada se vuelve el más padre que hiciste de los últimos.  Son seres vivientes con sus debilidades; de repente cambian para bien, para mal, tienen buenos días, malos días. Para mí la pintura es una sorpresa, es una cosa que te va acompañando en un proceso, que te va ayudando a sacar cosas tuyas personales. Son testimonios, son registros. Ese proceso es bastante lindo y, a veces caótico, a veces, melancólico o bastante alegre. No existe una fórmula. A veces, vengo al taller y sólo mancho y mancho y no hice nada, pero me sentí muy cómodo, escuché una nueva música, descubrí a un nuevo autor. Y, a veces, hay días muy productivos que lo que tocas va quedando. 

¿Cómo haces para valuar económicamente un trabajo?

Al inicio, cuando yo era joven la galería proponía: "oye Amador, estaría bien que subiéramos los precios por esto". Yo creo que a mí me interesa la inversión en el arte, que mi trabajo, al final de cuentas, llegue a ser valorado económicamente, desde este punto de vista, en años futuros, porque tengo mucho coleccionista joven, que tiene una colección mía bastante amplia. Tengo coleccionismo en muchos lados del mundo. Hay un compromiso con ellos de decir: tengo que hacer un libro, tengo que hacer una exposición importante, tengo que seguir creciendo para solventar lo que ellos creen que puede ser una inversión de su arte. Tengo este gran equipo de trabajo conmigo para que me ayude a ver hacia dónde vamos. Y no sea sólo un cuadro, que me encanta que lo compren, pero que también sea una inversión. Imagina tener un Tamayo. Le pongo atención al crecimiento con las galerías, con los museos, con los libros, con los registros, con quien te escribe, las colecciones a las que pertenece, todo eso es necesario y luego el artista no está muy involucrado y no se interesa mucho.

¿Te costó al principio desprenderte de tus primeros trabajos?

Al inicio de mi carrera sí me costaba trabajo. Yo no quería soltar un cuadro porque me gustaba mucho. Pero un artista, un amigo, me dio un consejo: "Pero Amador, estos son como los hijos, no los puedes tener aquí toda la vida ¿o qué pretendes, quedarte con ese cuadro 50 años o qué? Que se vaya y haz otro. Éste va a abrir puertas. De alguna forma va a estar en otro lado; déjalo que se vaya a una casa". He tenido cuadros que me han dado mucho orgullo: los cuadros de la ONU, los cuadros de Nueva York, los de Europa, las exposiciones. Tengo la fortuna de que tengo un coleccionismo muy serio, muy comprometido, que tiene sus cuadros junto con otros artistas importantes, mexicanos o no, y de alguna forma están muy comprometidos con el trabajo de los artistas. Vas aprendiendo poco a poco a dejar ir, que alguien se lo lleve. Lo tienes que entender rápido, si no es una acumulación de cuadros contigo. Hay que dejar que los cuadros se vayan. 

¿Te ha tocado que al paso del tiempo te encuentros un cuadro tuyo?  

De hecho, he estado recuperando cuadros del principio de mi carrera, que he visto con galerías. Les digo: "oye, por qué mejor no te lo cambio. Te doy uno de los nuevos y te lo cambio". Es una cuestión más testimonial de ir guardando los cuadros que hice en mi etapa temprana. 

Debe ser curioso encontrarse con algo que hiciste cuando tenías 25 años, por ejemplo.

Tenía influencias por el arte oaxaqueño y por artistas que admiro y aprecio. El arte es testimonio de tu vida. No estaba casado, no tenía hijos, no había viajado tanto. Este tipo de trabajo era, a lo mejor, más primario en todos sus sentidos, hasta técnicamente, pero es un testimonio de lo que hacía yo cuando tenía 25 años, cuando tienes toda la juventud del mundo y toda la fuerza. Y sí me doy cuenta que era más explosivo, más atrevido, que va muy de la mano de la edad.
Yo veo mucha experimentación en tu trabajo.
La verdad sí. Al artista lo hace el oficio de hacerlo constantemente. Eso te permite tener oficio y eso para mí es respetable. 

¿Cuál es tu impresión de la plástica de Oaxaca actualmente?

A mí me parece que hay artistas que valen mucho la pena. El tener al maestro Toledo como el maestro importante de Oaxaca era una gran virtud, que nos enseñó y nos abrió las puertas de muchas cosas, que nos hizo a muchos artistas: abrir el IAGO nos permitió una ventana al mundo. Creo que Oaxaca tiene artistas jóvenes de muy buen nivel, creo que hay diferentes manifestaciones contemporáneas actuales muy interesantes. No sé si la política cultural, gubernamental, esté bien estructurada: me parece que no. Me parece que Oaxaca debería tener más museos, más galerías, en sí, mucho más apertura para la expresión de tanta creatividad que hay. Creo que en Oaxaca los artistas rebasamos esa parte. Lo que nos falta es el acompañamiento  a más museos, más centros culturales. No puede ser que Oaxaca, que es el epicentro cultural de México, donde hay más raíz, donde hay más sinceridad, hablando del arte mismo, no tenga museos.

¿Coincides en que Oaxaca es el corazón cultural de México?

La verdad sí. He tenido la fortuna de estar en muchos lugares del país y sí hay lugares donde tienen gran correlación entre sociedad y cultura, pero no tanta como en Oaxaca. Nosotros, cultura es lo que comemos, lo que vestimos, lo que tocamos. Ya viene con nosotros, está en nuestro lenguaje. Yo creo que esto debería venir acompañado de políticas culturales de primer nivel.        
  
 

Amador Montes es un artista plástico oaxaqueño que lleva más de 25 años de trayectoria, convirtiéndose en uno de los personajes más reconocidos de la escena creativa en nuestro país y que ha realizado más de 130 exposiciones individuales y colectivas en América, Europa y Asia. Su obra forma parte de importantes acervos públicos y privados en México, Inglaterra, España, Estados Unidos, Corea, Estocolmo, los Emiratos Árabes, Mónaco, Polonia, Australia, entre otros países.
 

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