José Luis Ortega González
Última de tres partes
-Tal vez sí Fritz, tal vez algunas de las luces que ves cayendo, realmente sí son estrellas que caen al mar.
-Sólo las más maduras −replicó−. Otras, no creo que caigan solas.
Me sentí aliviado de que no siguiera la discusión y se mostrara más tranquilo con mi respuesta, lo suficiente para dejar en el olvido por buen rato su obsesión con las estrellas.
Eventualmente, Fritz por fin respondió en forma sostenida a su tratamiento. El edema de su cara, manos y pies empezaron a reducirse notoriamente y sus pruebas de orina y sangre por fin mostraban resultados esperados cada vez más cercanos a la normalidad. Le comunicamos a Fritz y a su mamá que en breve sería dado de alta y él empezó a mostrarse más inquieto que nunca, solicitando la presencia de su papá.
-¿Mamá, le dio mi recado a mi papá? ¿Va a venir antes de que me vaya?, ¡por favor, por favor, dígale que no se le olvide!
Mamá sólo asentía con la cabeza, tal vez había encontrado en ello la forma de no entrar en prolongadas y detalladas discusiones con Fritz.
Por fin llegó el día de su alta hospitalaria, platicamos con su mamá el plan de cuidados en casa, su medicamento, sus citas posteriores a la consulta externa para tener bajo vigilancia su enfermedad, y Fritz se mostraba inquieto porque no llegaba su papá, contrariado a ratos a pesar de mostrar alegría porque al fin regresaría a casa.
Me despedí de ellos y aún no llegaba su papá y Fritz aumentaba su irritabilidad; a pesar de ya no tener hinchada la cara, la tenía enrojecida, entre enojado y decepcionado por algo.
Me ocupé con otros asuntos y ya no supe a qué hora salió del hospital. Sin embargo, su enfermera me dijo que al final, ya casi para salir, llegó su papá y Fritz corrió a mi oficina y había dejado algo en mi escritorio.
Al entrar, encontré efectivamente algo envuelto en papel periódico, con todos mis papeles desplazados al parecer apresuradamente, hacia un lado.
Entre las hojas del periódico, allí estaba, una estrella de mar de buen tamaño, rígida, pero de bonitos colores, algunos tonos anaranjados, otros rosados y algunas partes amarillo ocre. Bonitos colores. Le acompañaba un recado en un pequeño trozo de papel, que, por la letra, seguramente fue escrito por Fritz:
“LAS ESTRELLAS SÍ CAEN DEL CIELO AL MAR”.
