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Lecturas para la vida: Cuentos del doctor lector / Las estrellas caen del cielo

Foto(s): Cortesía
Redacción

José Luis Ortega González
Segunda de tres partes

Una mañana, lo encontré enfrascado en una discusión acalorada, con dos médicos internos. Pocas veces lo había visto tan exaltado. 

−A ver, pregúntenle al jefe− exclamó cuando me vio entrar en su cuarto. 

−¿Y qué es lo que quieres que me pregunten?− le inquirí, entre intrigado y divertido, al ver su actitud más desafiante que de costumbre.

−A ver, cierto o no, que cuando las estrellas del cielo están maduras, van cayendo una por una. Yo, en mi rancho, por las noches, las he visto caer y si no vemos dónde caen, es porque casi todas van a dar al mar.

En vano, los internos trataron de explicarle de la manera más sencilla posible, lo que son las “lluvias de estrellas”, los meteoritos, los cometas, y otros fenómenos parecidos, pero nada lo convencía de que las estrellas no caen del cielo cuando están maduras (lo que sea que él imaginara que significaba que estaban “maduras”).

–A ver, que se los diga el jefe− repitió, casi seguro de que yo iba a darle la razón. 

No platicábamos mucho, sobre todo después de una ocasión en que entró a mi oficina y me preguntó al verme atareado con notas médicas e historias clínicas en mi escritorio:

−¿Y qué haces con tantos papeles? ¿Es tu tarea?

−Sí, en cierto modo es mi tarea− le contesté mientras seguía revisando notas. 

−¡Entonces, no la hiciste en tu casa!− dijo con expresión de “¡ya te atrapé!”

Me reí con ganas y le dije que no era tarea para la casa, que ese era mi trabajo para el hospital. Él, indignado, con los ojos perdidos entre lo hinchado de su cara, salió de la oficina, diciendo que lo había engañado al decirle que sí era mi tarea y me deseó que mi maestra me dejara mucha más, por haberle mentido.

Me quedé pensando que no era su culpa, pues conociéndolo un poco, con tal de no contradecirlo, yo no había sido lo suficientemente claro desde el principio.

En fin, más tarde me disculpé con él y pareció quedar satisfecho, aunque su mamá, quien lo acompañaba, se mostró apenada.

−Doctor, usted ya sabe cómo es Fritz, por favor, no le siga tanto la corriente- me dijo. 

Casi siempre lo acompañaba su mamá, pues su papá, por razones de trabajo en el rancho y salidas a pescar, lo visitaba poco.

Continuará el próximo lunes…

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