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El lector furtivo. El capítulo 47

Siendo la cumbre más alta de la literatura, El Quijote es un libro inagotable
Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

A partir de cierta fecha de este año, mi primera tarea de cada mañana, cuando la luz del sol aún no aparece, es la relectura de El Quijote capítulo por capítulo. He encontrado tan enriquecedor este hábito, que me hice el propósito de mantenerlo por el resto de mis días, y es que, siendo la cumbre más alta de la literatura, El Quijote es un libro inagotable; es el humus que nutre, ya sea que se sepa o no, cuanto desde entonces se ha hecho en materia de letras. 

Hoy, por ejemplo, he llegado al Capítulo 47 Titulado: “Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos”, y encuentro en este, sin ser tan conocido como otros, uno de los capítulos más ricos en cuanto a sus contenidos, pues ilustra a la perfección lo que sucede en el resto de la novela. 

En ella conviven la gravedad con lo cómico, el discurso más vulgar con el más exquisito —como el del epígrafe—. También están presentes la representación narrada y el uso genial que Cervantes hace de la metaliteratura.

En este punto de la novela, un nutrido contingente de personas enteradas del delirio del Don Quijote e instruidas por el Cura, han logrado reducir al protagonista mientras dormía y ponerlo en una jaula, montada sobre la carreta que ha de llevarlo hacia aquel lugar de La Mancha de donde partió al inicio de las aventuras, pues tienen “...el designio de llevarle a su tierra para ver si, por algún medio,  hallaban remedio a su locura”. 

 

Antes de partir, el ventero confía al Cura unos papeles olvidados por algún huésped. Presumiblemente podrían ser del mismo autor del Curioso impertinente, relato al cual la comitiva había dado lectura para pasar el rato y que es referida íntegramente como parte del Quijote. En el encabezado de dichos papeles se lee: Novela de Rinconete y Cortadillo, título de una de las Novelas ejemplares de Cervantes.

Ya encaminados a La Mancha, los encuentra un Canónigo, hombre de letras, quien con su comitiva se dirigen con rumbo a la venta y que maravillado del curioso estado del prisionero pregunta el porqué de su encierro. 

Al enterarse de la causa de la locura de Don Quijote por boca del Cura, El Canónigo sentencia acerca de los libros de caballerías: "Según a mí me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquellas de las fábulas que llaman milesias que son cuentos disparatados que atienden solamente a deleitar y no a enseñar", comenzando así una larga disertación donde describe a dichos libros como inverosímiles, fantasiosos y lascivos, concluyendo con la original idea de que debieran ser “expulsados de la república cristiana”; para, acto seguido, hacer una sorprendente enumeración de las muchas virtudes de los mismos libros que acaba de censurar y que sirven para dar cuenta de una poética que pretende enseñar y deleitar a un tiempo, postura de la cual Cervantes no dejó de dar constancia a lo largo de toda su obra.

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