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Consultorio del alma. Cuenta conmigo / Psicoanálisis, Política y Ciudadanía / La resistencia, la desidia y lo que está por venir

Cuando madres y padres ejecutamos la educación de los hijos, no dimensionamos las consecuencias que tendrá.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Alejandro José Ortiz Sampablo

Tercera de cuatro partes

En ocasiones al concluir alguna charla o conferencia, en específico aquellas que brindo a madres y padres de familia, me pregunto si el mensaje que intenté transmitir llegó a los presentes, o de éste el Yo, sólo acusó de recibido, pero en el proceso el mensaje fue distorsionado, es decir, como popularmente se dice, “me dieron el avión”.

La resistencia del Yo

Cuando se tiene un amplio recorrido brindando charlas y conferencias, en ocasiones para quien habla, que es la entidad psíquica llamada Yo, eventualmente considera que ha sido claro. Pero cuando se trata de la vida psíquica de los seres humanos habrá de tomar en cuenta que el Yo es una instancia que, entre muchas otras funciones, se encarga de montar engaños a él mismo en aras de conservar inalterable su universo. Así que he de tomar en cuenta dicho fenómeno cuando me encuentro frente a un público.

Ahora bien, los que reciben el mensaje no quedan exentos de dicha función. Así que el mensaje puede ser alterado, según le convenga al Yo.

Por otro lado, generalmente los temas que abordo en los mencionados encuentros en la mayoría de las ocasiones terminan por herir a la entidad psíquica mencionada, por lo que muchas veces se auxiliarán de los recursos que tengan a la mano para denegar o no querer observar lo que señalo. En tal fenómeno, es donde encuentra la resistencia del Yo un terreno fértil para florecer.

Cuando se trata de poner sobre la mesa aquellos acontecimientos de la vida cotidiana de las personas que dieron pie a que la desidia se reforzara en los hijos, así como las consecuencias futuras, el Yo, aunque logra alarmarse en el momento en que le son develados dichos elementos, pasado un rato podrá olvidarlos y regresar a ejecutarlos nuevamente.

Hoy tenemos la clasificación —en trastornos— de los males que aquejan a los seres humanos en un manual, lo que ha llevado a que cuando la persona padece uno de ellos puede desentenderse de éste, pues finalmente tiene el recurso de decirse a sí mismo que sufre de un trastorno. Como si padecer fuese un asunto echado al azar. Cuando les explico a los presentes cómo opera la dinámica psíquica, cómo influye en ella la relación y el trato que las madres y padres establecen con los hijos; en este caso la desidia o desánimo que manifiestan, el Yo eventualmente no exterioriza desacuerdo, ya que los ejemplos que utilizo son extraídos de la vida cotidiana y de la clínica psicoanalítica; sin embargo, un recurso común de esta entidad, es el famoso, “no creo que a mí me suceda” o “posiblemente el psicoanalista esté exagerando”.

Cuando madres y padres ejecutamos la educación de los hijos, no dimensionamos las consecuencias que tendrá nuestra disposición psíquica con ellos, y cuando lo realizamos por lo general le prestamos más atención a aquellas que moralmente están tachadas de malas, como los gritos, regaños y maltrato, dejamos fuera de juicio aquellas que consideramos “amorosas”, no pensamos en los estragos para el ejercicio de la vida que muchas de ellas le dejarán al futuro adulto.

Continuará el próximo lunes…

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