Rafael Alfonso
Dos hitos cinematográficos contemporáneos nos muestran lo que puede suceder si un hombre se enfrenta a un oso. Hacia el final de la cinta "Leyendas de pasión" (Edward Zwick, 1994), un indomable Brad Pitt se traba en una pelea contra un oso y termina muerto.
Por su parte, Alejandro González Iñárritu nos mostró con crudo realismo gráfico cómo podemos quedar después de encontrarnos con un úrsido. En "El renacido" (2015), tras angustiantes minutos, Leonardo Di Caprio queda hecho una piltrafa humana por luchar contra una feroz mamá osa que cuidaba de sus cachorros.
Con estos antecedentes, las mujeres no dejan de sorprenderse de que un alto porcentaje de hombres asegure que podría ganarle a un oso en una pelea.
Más allá del tótem
¿Quién no ha soñado alguna vez con enfrentarse a una bestia en una lucha cuerpo a cuerpo y salir victorioso? Es una fantasía tan antigua como la humanidad misma, una prueba de valor en antiguas culturas, una metáfora de la lucha del hombre contra las fuerzas de la naturaleza.
Aquí hablamos de una verdadera lucha, cuando la bestia pretende devorarnos y no de aquellos eventos ocasionales cuando un oso invade un predio para hurgar en la basura y es ahuyentado con un zapato y unos pocos gritos, pero, ¿qué nos impulsa a fantasear con algo tan aparentemente absurdo?
La fascinación por la sangre, la crueldad y la violencia ha acompañado al hombre desde el inicio de los tiempos, aquellos del totemismo, una organización social donde el clan vivía al amparo de un animal protector, a quien se le agradecían los bienes que proveía con su cuerpo –como piel, grasa y carne–, pero al mismo tiempo se le temía, ya que su fuerza y su ímpetu eran capaces de causar la muerte (y por lo tanto era la representación idónea del padre totémico).
Dicho animal estaba protegido por un tabú que impedía asesinarlo, pero, cada cierto tiempo, se luchaba contra él y se ofrecía en sacrificio ritual, simbolizando con ello la muerte del patriarca y la renovación del prehistórico pacto social. Freud y otros estudiosos suponen que en este estadío de organización social fueron instituidos los tabúes tanto del incesto como del asesinato, que dieron paso a la civilización humana.
Omnipotencia del Yo
Cuando los machos de la especie humana aseguran que podrían derrotar a un oso –y lo dicen en porcentajes que van de entre un 14 a un 75%–, hablan un poco en serio. Es un rasgo propio de la personalidad y del erotismo masculino. Esa posibilidad de ir más allá de lo evidente denegando sus propias limitaciones, existe porque seguramente es un rasgo que, en su momento, fue importante para la supervivencia humana.
La idea de derrotar a un oso está íntimamente ligada a la "omnipotencia del yo". Cuando éramos niños experimentamos una sensación de omnipotencia, creyendo que nuestros deseos podían modelar la realidad. Con el tiempo, esta ilusión parece desvanecerse, pero la experiencia del autoengaño prevalece, lo sabemos por la experiencia clínica.
Cuando fantaseamos con la idea peregrina de derrotar a un oso –un toro, un león o un tiburón– en una lucha cuerpo a cuerpo, estamos, en cierto modo, regresando a ese estado infantil de omnipotencia, negando nuestra fragilidad y mortalidad y aferrándonos a la ilusión de que podemos hacer frente y controlar, hasta las más peligrosas situaciones, incluso aquellas que rebasan el sentido común.
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