Carlos Pacheco Skidmore
Le habían dicho: “No vayas a ese pueblo que está maldito; quienes van o pueden llegar se quedan ciegos”.
-Por favor doctor, piénselo, no vaya a ir.
El doctor se quedó reflexionando; saber de esa maldición le había inyectado ánimo, le había impulsado a pensar que ese sería su próximo viaje de servicio social. No dejaba de pensar en el pueblo y aquella maldición.
Planificó el viaje y decidió llevar a Bosco, su perro; esperó casi sin dormir a que amaneciera. Los primeros rayos de luz emitidos entre los miles de árboles de esa hermosa Sierra Norte le auguraban un día maravilloso.
El paisaje era espectacular: colinas y montañas llenas de árboles frondosos, riachuelos y senderos llenos de agua y bruma. Los pájaros que los saludaban, con sus cuatrocientos hermosos y diferentes cantos, lo invitaban y seducían a que hiciera el viaje y servicio social de su vida.
Se echó a andar por el estrecho sendero lleno de maleza, acompañado de su perro fiel y su optimismo.
Bosco se detuvo a tomar agua en la caudalosa corriente del arroyo, que serpenteaba desde las altas y hermosas montañas que lo arropaban; Carpaski se detuvo con su fiel compañero y trató de llenar su cantimplora con el néctar codiciado.
Sintió el piquete sutil del insecto en su morena piel, por lo que, con un movimiento brusco y rápido, dio el manotazo que lo aplastó; "no me picarás, hermosa mosca", le dijo y se la quitó, no sin dejar el rastro hemático que así pintó el camino de la maldición.
Miró bien antes de tirar el cadáver del hermoso ejemplar Onchocerca volvulus. Hombre y perro continuaron caminando hacia el pueblo llamado maldito; llegaron al atardecer, después de ocho horas de ascenso.
Bosco jugaba y brincaba con ladrido poderoso al ver personas que aparentemente danzaban entre sí; Carpaski creyó que era el recibimiento fraternal y caluroso de una comunidad rural, pero, al acercarse, se dio cuenta de que esa danza se daba porque las personas tropezaban al no tener la capacidad de ver. Entonces aceptó la amenaza, proferida anteriormente y sintió cómo una nube iba bajando su visión para cumplir la maldición de la ceguera de los ríos.
Entendió inmediatamente que el nematodo filárico le había condenado a danzar por siempre en aquel coro de ciegos, en el cual Bosco sería el único ser con el don de seguir admirando los hermosos paisajes que rodean aquel pueblo maldito.
