Raúl Héctor Campa García
Última de tres partes
El padre salió a la calle con pasos presurosos y el chico atrás de él, reconocieron al caballo, más no a su jinete. Un fuerte chiflido con el que siempre llamaba al Moro hizo que el caballo se detuviera y volteara hacía el lugar dónde provenía el silbido, ante la sorpresa de quien lo montaba − ¡Eítale amigo!, ese caballo es mío, tiene el fierro de herrar − gritó el padre. El jinete se apeó del corcel y se lo entregó sin mediar ninguna explicación, que ni el dueño le pidió. La alegría volvía a la familia, en especial al hijo. El Moro estaba de regreso.
El Moro, relinchó al ver al chiquillo. Mostraba su alegría con reverencias bajando y subiendo su testa y saludando con golpeteos a la tierra con sus patas delanteras, en señal de invitación para que el joven lo montara como siempre.
Pasaron cinco años más de aquellas alegres citas de vacaciones escolares entre El Moro y el joven, que cumplía 18 años, estaba próximo a convertirse en un universitario, por lo que tendría que salir a estudiar fuera de su estado; sin pensar en que no volvería a ver a su caballo.
Se encontraba estudiando el primer año de universidad, estudiaba la carrera de Medicina, cuando su padre enfermó y su madre tuvo que vender la casa del pueblo y el rancho con todo y ganado, incluyendo al Moro que estaba envejeciendo. Su padre murió ese año y
cinco años después falleció su madre. Nunca supo más de aquel noble caballo. Él, ya no regresó al pueblo, se volvió citadino, pero nunca olvidó su maravillosa niñez en su pueblo natal. No se olvidó de su perro El Bull a pesar del poco tiempo que convivió con el fiel animal. Nunca olvidó las alegres citas vacacionales hasta terminar la preparatoria, con su caballo el Moro.
Todavía en su vejez sueña con esos felices momentos de su infancia, cruzando arroyos, brincando acequias y trancas, cabalgando por la sierra en su noble caballo blanc con manchas negras, el Moro.
