Rafael Alfonso
Este viernes en "La hora del deseo"
Hace algunos días, en una cafetería que ocupa un espacio al aire libre, pude ser testigo de la siguiente situación: un joven fue reconvenido por su jefe por la forma en que barría. Parte de la reconvención consistió en que el mismo superior tomó la escoba y puso “la muestra” de cómo debía realizarse esa tarea. Por la cara de fastidio del muchacho, era más que evidente que no le agradaba en absoluto que alguien tuviera que mostrarle cómo barrer —una actividad aparentemente sencilla y que no requiere mayor gracia—. Para no hacer más incómodo el momento, giré mi vista para centrar toda mi atención en el teléfono, desde donde redacto esta nota.
Pereza y falta de habilidad
Que un muchacho llegue a cierta edad y más allá de la pereza, no sepa “cómo entrarle” a ciertas tareas domésticas como barrer, trapear, lavar trastes o hacer la cama, es de llamar la atención. Uno podría suponer, erróneamente, que es un problema que se centra en las clases sociales cuya solvencia económica les permite contar con personal doméstico que se encarga de llevar a cabo la totalidad de aquellas labores, pero no es así.
En los estratos con economías populares también se está generando este fenómeno. Al principio del párrafo anterior hago mención de que el fenómeno del que hoy hablamos va “más allá de la pereza”; aunque está íntimamente relacionado con esta, es decir, no es igual la expresión “no tengo ganas de llevar a cabo esta tarea” que “no puedo o no sé cómo hacerla”.
En años recientes hemos visto que se incrementa el número de jóvenes y aún adultos, que se muestran poco hábiles para llevar a cabo sencillas tareas cotidianas; pero, ¿cómo sucede esto en los estratos populares, donde la economía no permite la contratación de personal doméstico? y más importante aún, ¿qué efectos tiene esto en la psique de nuestros jóvenes?
Los todopoderosos padres
Es un tanto injusto suponer que cualquier persona debiera dominar tal o cual actividad desconociendo si ha sido preparada para ello. En ocasiones, convencidos de que las tareas escolares o el descanso del niño son más importantes que la realización de cualquier labor doméstica, muchos padres (principalmente madres de familia) eximen a sus hijos de dichas labores.
Otras veces, los padres son los primeros en reconocer la torpeza de sus hijos y prefieren hacer ellos mismos las cosas antes que lidiar con ella y terminar fastidiados.
Sin embargo, nadie nace sabiendo. Los padres deberíamos asumir la responsabilidad de guiar a los hijos en la adquisición de aquellas habilidades que nos interesa que desarrollen, al menos en lo referente al cuidado del hogar.
Si no hicimos este acompañamiento, o no lo hacemos quienes todavía tenemos la oportunidad, no podemos darnos por sorprendidos si nuestros hijos llegan a la edad de merecer siendo torpes y poco dispuestos al aprendizaje, porque la habilidad para realizar cualquier tarea no se desarrolla y crece espontáneamente como el vello, sino que es algo que se transmite.
Una vez fuera del entorno familiar, las personas poco hábiles están expuestas a vivir momentos de angustia cuando son reconvenidos, como el chico de la viñeta, mismos que pueden expresarse en fastidio y frustración, pues, haya sido como haya sido, a la instancia psíquica llamada Yo le parece intolerable la sola idea de cometer errores, de forma que, de inmediato, niega esa posibilidad.
¿Quieres saber más? Escúchanos este viernes a las 12:00 del día en La hora del deseo, por Radio UNIVAS. Pide informes a los teléfonos 951 244 7006/951 285 3921.
