Paco Ortega
Quinta de seis partes
Le sirvieron sus tacos, y con un movimiento recto, sinérgico, agarró el salero y espolvoreó sus tacos; luego, con la mano zurda le puso de dos diferentes salsas, les exprimió un poco de limón, les esparció cebollitas, cilantro, y con una técnica propia de un buen comedor de tacos, echando un poco el cuerpo hacia adelante e inclinando ligeramente la cabeza, el taco prensado entre el dedo gordo y los cuatro dedos de la mano derecha, de un mordisco se engulló medio taco; la mordida rítmica, los movimientos masticatorios bien sincronizados, nada de temblor, trismus, ni babeo; luego, de un solo trago, se bebió media botella de Mirinda de naranja de medio litro, sin problemas en la deglución.
Yo ahí, parado, trabado, viendo, repasando mentalmente mis acordeones: a ver, a ver, este chavo no tiene temblor, no tiene corea, no tiene balismo, no tiene nada. ¡NO TIENE NAAAADA, EL HIJOÈSUUU!
Una serie de pensamientos malignos me llenaron la cabeza; entre enojo, ira, coraje, frustración, rabia, me sentí poseído por unos instintos criminales, y algo empezó a gritar en mi interior. ¡Por favor, por favor, alguien que me detenga, agárrenme, porque voy a cometer un asesinato!
En eso me vino el recuerdo de una historia que me contaron; más o menos decía que cuando Jesús regresó de sus andadas y andaba evangelizando, predicando, curando y sanando tuertos, ciegos, mancos, leprosos y todo tipo de enfermos, los apóstoles andaban con él acompañándolo, haciendo campaña y proselitismo, controlando a las multitudes y tratando de poner orden. Entre el gentío había un paralítico, andrajoso, tirado en la calle; la gente pasaba a un lado de él y a veces encima de él, sin hacerle caso, buscando afanosamente a Jesús, y la gente sanaba tan sólo con ver a Jesús, con oírlo, con tocar su túnica.
Él acariciaba a la gente, la escuchaba, la consolaba; algunos de sus apóstoles le decían: "Jesús, Jesús, acá está la chamba; el paralítico necesita de tu ayuda, cúralo, sálvalo"; y Jesús no hacía caso, y ellos insistían tanto, lo jalaban, le tomaban de la cara para que volteara a ver al paralítico y Jesús no hacía caso, hasta que lo enfadaron; y Jesús regresó a ver al paralítico, le sonrió y le interrogó: "¿Cómo estás, hijo, ¿te quieres curar?"
Continuará el próximo miércoles…
