Fausta Ibáñez Ríos
Mi encuentro con el Psicoanálisis
Mi encuentro con el Psicoanálisis no fue fortuito. Desde pequeña buscaba respuesta a varias interrogantes sobre los comportamientos de las personas. Los primeros que puse en cuestionamiento, naturalmente, fueron los de mi madre y mi padre, los de mis hermanos, de mis vecinos y los míos. Lo que escuchaba y observaba hacía que me preguntara por qué actuábamos de determinada forma. ¿Por qué una persona realiza una conducta de la que luego se arrepiente, procura no volver a hacerlo y termina en la misma situación una y otra vez, con una nueva promesa?
También encontraba en mí una serie de contradicciones que no me permitían estar en paz. Era como estar en un mundo bastante nebuloso en el que me sentía confundida y sola con mis pensamientos, sentimientos y sufrimiento.
La curiosidad mató al gato
En primaria y secundaria, gustaba de leer las fábulas de los libros de texto; las consideraba valiosas porque vislumbraba en ellas una ruta hacia dónde ir. En cada lectura aprendía algo nuevo, actitudes y comportamientos que no observaba en mi contexto.
El primer libro que compré fue una Biblia pensando que ahí esclarecería muchas dudas, aunque en ella observaba contradicciones que me llevaban a más preguntas. Después recurrí a la lectura de libros de superación personal. Uno de mis anhelos fue estudiar Medicina. Quería ser psiquiatra, pero finalmente opté por la carrera de Psicología familiar.
En la carrera estudiamos de forma somera las distintas teorías de la personalidad; dentro de éstas, la teoría psicoanalítica. Como suele suceder en algunas instituciones, existe cierto rechazo hacia la teoría freudiana, tanto en el personal docente como en el alumnado. Así que mis maestros y yo, no fuimos la excepción.
También experimenté cierto escozor hacia algunas aseveraciones de Freud. Escuché los murmullos de alumnos y maestros, como que el Psicoanálisis está obsoleto, que Freud atribuye todo conflicto a la sexualidad, que fue un pervertido, que era un cocainómano, ¡puras habladas! No hice gran caso de las acusaciones. Mi interés se centraba en elegir una corriente psicológica para atender a mis futuros pacientes. Para tomar la decisión hice una lista de las teorías psicológicas de la personalidad, y pasé por el tamiz a cada una de ellas.
La ambivalencia de los afectos
Algunas materias fueron impartidas por dos “psicoanalistas”, quienes nos dieron a leer algunos artículos de Freud. De esta manera, así como me causaban cierta repulsa, dolor, enojo —debido a mi militancia feminista—, también pude constatar, con algunas situaciones de mi vida, la veracidad de su decir. En ese punto sentí que había encontrado una especie de piedra filosofal. A pesar del enojo y las náuseas que sentía algunas veces por Freud, otra parte mía lograba vislumbrar cierto atino en sus palabras, incluso me extasiaba con ellas. Al final concluí que el Psicoanálisis era el único medio para esclarecer las dudas existenciales y las causas de mis desvelos.
Acudí a mis primeras sesiones psicoanalíticas antes de terminar la carrera. Así inicié mi proceso de investigación psíquica con el método psicoanalítico, el único que conozco desde mi infructuosa búsqueda en las distintas disciplinas y del que puedo constatar sus beneficios, no solo en el esclarecimiento psíquico, sino en el resultado terapéutico.
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