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El Don

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Sebastiana Gómez

En un pueblo chico de pocos habitantes, las personas que ahí vivían tenían diferentes ocupaciones. Unos, se dedicaban a la pesca; otros, sembraban sus pequeñas parcelas y quienes podían conseguir ganado vacuno se dedicaban a pastorear y ordeñar vacas. Con eso ya había variedad en la alimentación, sin contar con las mujeres que, aparte de cuidar a su familia, hacían tortillas y otros productos que después vendían en un mercado que se formaba por las tardes en el centro del pueblo. 

Por una de las orillas de la localidad pasaba un arroyo donde los habitantes lavaban su ropa. Como no había luz eléctrica, la gente regresaba temprano a su casa. Todo parecía transcurrir tranquilamente y nadie molestaba a nadie. Un buen día, las personas que iban a lavar al arroyo, se dieron cuenta de que hasta el fondo de un terreno se veía una casita nueva. Se sorprendieron, pero no le dieron mucha importancia. 

Aquel día, al caer el sol, en el mercado apareció un señor vestido con un atuendo muy formal. Llevaba puesta sobre su camisa un chaleco negro, tan viejo, que parecía tener una historia antigua que contar. 

El señor buscó un buen lugar, abrió una tijera de madera y sobre esta puso una tabla para formar una mesa. La gente se extrañó, pues no lo habían visto nunca. Cuando empezaron a llegar más personas, se escuchó la voz de aquel hombre decir:

—¡Acérquense, señores! Vengan a probar su buena suerte.

Y no faltó un curioso que se acercó a la mesa. 

 

El Don, como después lo llamaron, se dedicaba a jugar al cubilete con los hombres. Las mujeres, en cuanto oscurecía, recogían sus cosas y tomaban el camino a su casa. El Don prendía su lámpara de gasolina y jugaba con quienes querían hacerlo. Cuando ya no había jugadores, recogía sus enseres y se retiraba. Por su edad avanzada y su cuerpo corpulento, caminaba despacio.

El hombre despertó expectativas los primeros días; después, se habituaron a él, pero, poco después, empezaron a correr los rumores de que el Don iba al arroyo después de la media noche; además, nadie lo había visto a la luz del sol. A lo mejor —decían— era un brujo o se convertía en nahual.

 

Él, sin enterarse de lo que pensaba la gente, hacia la misma rutina todas las tardes: poner su mesa de cubilete, encender su luz y esperar a los jugadores; que llegaban porque no había otra diversión, más que una casa donde se vendía aguardiente. Ya entrada la noche, el Don levantaba sus cosas y se iba.

Una noche de luna llena, algunos lugareños cedieron a la curiosidad. Agazapados a la sombra de un árbol, esperaban ver salir al Don para convertirse en nahual. El silencio era absoluto. De pronto, escucharon detrás de ellos, un lastimero “¡Ay!”. Sin voltear a ver, pegaron la carrera para alejarse de ahí. Sólo uno se quedó parado, porque no pudo correr del miedo o porque su curiosidad fue aún más grande.

 

El que no corrió pudo escuchar que algo se arrastraba entre la hojarasca con quejidos suaves. Por la luz de la luna, que atravesaba las ramas de los árboles, vio el cuerpo de un hombre moverse; entonces llamó a sus amigos, entre todos rodearon al Don y este les dijo: “Ayuda, por favor”. Los vecinos  se compadecieron de él y lo llevaron a su casa. Él explicó que se bañaba a esa hora, porque no tenía una pierna y no quería que nadie lo supiera, pero que hoy resbaló y ya no pudo levantarse, por lo que agradeció que estuvieran ahí.

A partir de entonces, el Don pudo andar de día por el pueblo y ya no le daba pena enseñar su pata de palo.

 

"Empezaron a correr los rumores de que el Don iba al arroyo después de la media noche".

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