Conchita Ramírez de Aguilar
Exactas, siempre con el mismo tono y a la misma hora, tañen las campanas y su sonido invade todas las calles y casas del pueblo. Los habitantes, acostumbrados a ello, parecen ya no prestarles atención. Sólo cuando fuera del horario establecido las escuchan, se preguntan si habrá algún peligro o acaso será alguna misa de difunto.
Sin embargo, aquí en esta casa, hay alguien que sí las toma en cuenta, Rogelio, que recostado en un lugar que no puede definir, las oye claramente. Tiene los ojos cerrados, su cara refleja serenidad, y permanece muy, muy quieto. Catalina, su esposa, se acerca para comprobar que esté vestido correctamente, lo cual confirma al verlo con su traje gris, camisa azul cielo, su inseparable corbata, zapatos perfectamente lustrados, y el aroma de su perfume preferido. Antes de retirarse, Catalina lo besa y acaricia con mucho amor.
Rogelio oye las voces a su alrededor, pero no puede reconocerlas; por momentos se alejan y se acercan; no sabe a quién pertenecen, pero sigue oyéndolas en su ir y venir. De pronto, aparece un mariachi e inunda la casa con varias canciones, las favoritas de Rogelio. Todos lo rodean, lo miran con cierta tristeza, y se van. Como siempre sucede en estos casos, para todos, sin excepción, Rogelio fue el mejor amigo, el mejor esposo, el mejor compañero de trabajo, el más inteligente, fiel y bondadoso.
Catalina, sin involucrarse en las conversaciones, va y viene por la estancia, en un frenesí que la mantiene ocupada para tratar de olvidar lo que está viviendo. Rogelio y ella nacieron en este pueblo. Ambos decidieron ir a la capital para continuar su educación. Escogieron la misma carrera, profesor de Educación Primaria y el destino, siempre jugando a su favor, los colocó en el mismo centro de trabajo. Fue así como después de algunos años, se casaron. No pudieron tener hijos, pero siempre fueron felices. Llegada su jubilación regresaron a vivir al pueblo que los vio nacer. Y ahora, están a punto de separarse para que Rogelio atienda la cita ineludible, después de padecer una larga y difícil enfermedad que lo mantuvo en cama varios meses.
Las campanas empiezan a tocar y alguien dice: “Ya es hora”. Todo se vuelve movimiento, prisa, tristeza e impotencia y así comienzan las despedidas de los amigos, conocidos, familiares. Catalina, la última en hacerlo, acercándose a su oído con mucho amor le dice: “Pronto te alcanzaré”; cuando termina de decirlo, Catalina cree ver en los labios de Rogelio una sonrisa, como si él lo hubiera entendido.
Abandonan la casa entre lágrimas y música. Rogelio continúa oyendo las campanas cada vez más cerca. Entran a la iglesia. Finalizada la ceremonia, acompañan a Rogelio a su nueva morada. En el momento que él oye caer algo sobre madera, se da cuenta que está muerto. Inexplicablemente, no siente temor alguno. Ahí, en la estrechez en que se encuentra, procura alisar su cabello, comprobar el nudo de su corbata, e inhalar el aroma de su perfume favorito.
Enseguida, contento y tranquilo se dice:
“Ahora sí, Rogelio, a descansar como siempre lo deseaste y sin que nadie te moleste. Buenas noches a todos, felices sueños”.
"Rogelio oye las voces a su alrededor, pero no puede reconocerlas; por momentos se alejan y se acercan".
