Alejarse de su contexto familiar y renunciar temporalmente a su comunidad fue el costo que un sistema exclusivo les impuso para que Zenaida Pérez Gutiérrez y Maricela Zurita Cruz pudieran convertirse en la excepción a la regla de los bajos ingresos entre personas indígenas, sobre todo mujeres hablantes de una lengua indígena.
Así como las personas con discapacidad enfrentan dificultades para conseguir ingresos trimestrales promedios de 13 mil 608 pesos, 18.8 por ciento menos que una persona sin discapacidad, la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2022 (ENIGH) identificó que en el caso de las personas indígenas el ingreso promedio disminuye 38.5 por ciento si hablan una lengua, pero en el caso de las mujeres en esta condición es hasta 55.8 por ciento menos.
Sin embargo, si se compara con el ingreso promedio trimestral de 24 mil 758 pesos de un hombre que no se considera indígena con una mujer hablante de alguna lengua indígena que consigue 9 mil 367 pesos a los tres meses, la brecha de género se muestra más ancha con el 62.1 por ciento de diferencia.
Las diferencias de género demuestran también una doble discriminación para las mujeres que se asumen como indígenas, ya que mientras el promedio de ingreso es de 15 mil 300, en el caso de los hombres se eleva a 19 mil 314 pesos, pero para ellas disminuye a 11 mil 547 pesos.
Borrar desigualdades
Entrevistada vía telefónica desde Santa María Tlahuitoltepec, a donde decidió regresar hace un mes para trabajar ahora de manera independiente y a distancia, Zenaida desconfía de los promedios en los indicadores porque borran las desigualdades, pero a la vez considera que los resultados de la ENIGH 2022 permiten abordar una vez más la marcada brecha de desigualdad que alejan todavía más a las mujeres de ejercer plenamente sus derechos, sobre todo si se asumen como indígenas o hablantes de una lengua.
“No son inventos lo que tanto hemos dicho. Si se hiciera otro filtro de género y discapacidad agrega otra carga de desigualdad, diferenciando incluso si además de tu lengua sabes español o no, eso puede reflejar muchos más datos valiosos que nos ayudaría a entender por qué debemos bajar el prejuicio de que el pobre lo es porque quiere, cuando el sistema no le permite avanzar”, expresa Zenaida, quien ha destacado como defensora de los derechos humanos de mujeres indígenas.
En una sociedad en la que se impone lo mestizo a lo indígena, la “curiosidad” de querer seguir estudiando hizo que en su adolescencia Zenaida tuviera que salir de la comunidad mixe donde podía disfrutar de cosas que en una sociedad mestiza tienen un costo, como el agua, o que simplemente no existen, como la medicina tradicional o rituales, además de cumplir códigos de convivencia individualistas.
Mayores exigencias
“Desde que sales de tu comunidad todo te lo condicionan, mi situación fue menos forzada porque mi madre hizo un sacrificio, pero implicó un cambio de alimentación, del sistema de convivencia cultural, de códigos, de la relación con el otro, salir de una zona que te cobija y donde todos somos iguales”, lo que a la vez significa “esforzarte al triple”.
A 325 kilómetros de distancia, pero en la región de la Costa, la familia de Maricela hizo también el esfuerzo para que a sus 12 años se fuera a vivir a otro municipio costeño que está a 12 kilómetros de distancia y poder estudiar la secundaria: Santa Catarina Juquila.
Como a Zenaida, “romper la regla” a Maricela le ha implicado mayor esfuerzo, como dominar el español como segunda lengua y es inglés como una tercera “en un país que se dice pluricultural, pero sin condiciones para quienes hablan una lengua indígena”.
El claro ejemplo es que las personas que hablan español “no están acostumbradas a aceptar que una escriba con artículos masculinos en vez de femeninos”, sobre todo si todavía se está en proceso de castellanización para “hablarlo bien”.
“Mi familia tuvo que trabajar más para pagarme un curso de computación en la secundaria, para darme acceso a libros o internet, pero a mí me implicó mayores horas de estudio, doble o triple a lo normal, cada vez que alguien decía una palabra que yo no sabía, consultaba el diccionario”, recuerda en entrevista por separado una joven que se mudó a la ciudad de Oaxaca a comenzar con su educación media superior con el cobijo del Fondo de Becas Guadalupe Musalem.
En 2020, ya como licenciada en ciencias de la educación, el cargo comunitario de regidora de ecología hizo a Maricela regresar a vivir a Quiahije, donde sus ingresos de 15 mil pesos que le permitía una organización civil, se redujeron drasticamente al ser parte de la estructura municipal que no considera un sueldo propiamente.
En desventaja
Al igual que Zenaida, en este 2023 Maricela retomó su trabajo con una organización, pero a distancia para no volver a dejar su comunidad, cuyo contexto económico puede mirarse a detalle ofrece un panorama más desalentador, ya que conoce compañeras que ni en su municipio, ni fuera de él, generan ingresos porque quienes no se castellanizan desde jóvenes enfrentan mayores dificultades, sobre todo burlas.
“Las mujeres que pertenecen a alguna comunidad originaria van a estar a desventaja de quienes tienen más posibilidades de educación porque viven en la ciudad y tienen acceso a todos los servicios”, asienta.
Si Zenaida no hubiera salido de su comunidad a formarse y generar redes de apoyo que ahora le posibilitan posibilidades de contratos a distancia, aún con los emprendimientos que existen en Tlahuitoltepec, la oferta laboral para ella sería limitada o implicaría el trabajo rudo del campo para autoconsumo o las labores de cuidado y trabajo doméstico que sólo se pagan cuando se hacen en una casa ajena.
