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Transductores literarios: los buenos, los malos y los feos

lectora
Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

 

Uno suele pensar la literatura como un asunto de autores y lectores; si esto fuera así, el fenómeno se agotaría inmediatamente y nada podría aspirar a la trascendencia. Hoy, en este espacio, vamos a reconocer la importancia de los transductores, esos organismos que forman parte del ecosistema literario y que incluso, sin temor a exagerar, puedo decir que lo hacen posible. Los he dividido en grupos bajo tres llamativas etiquetas, aplicables no a la calidad de su trabajo (que supondremos excelente de inicio), sino a la naturaleza del mismo. Para cerrar este párrafo, y para que nos vayamos entendiendo, diré que un transductor es una especie de Superlector cuyo trabajo consiste en leer la obra para otros, no para sí, como haría un lector convencional.

Los buenos

Los editores serían los primeros transductores, indispensables en el desarrollo de la literatura. Sin ellos, las joyas literarias no serían sino manuscritos viejos arrumbados en el fondo de los cajones. Buenos son también los traductores, gracias a quienes una obra puede trascender las fronteras, influir en otras culturas y multiplicar a sus lectores.

Pertenecen a este equipo, de los buenos, los docentes que durante siglos han trabajado para acompañar a sus discípulos en el conocimiento de las obras literarias, además de ser, en muchas ocasiones, responsables de diseminar el amor por la literatura. En este sentido trabajan los promotores de lectura, apelando para ello a diferentes recursos. También trabajan en la divulgación los reseñistas que invitan al público de manera escrita a conocer la obra ponderando su valía o las cualidades que pueden hacerla más disfrutable a quien lee. Hacen su parte, igual de importante, bibliotecarios y libreros.

Los malos

Conforme la literatura fue identificándose como un componente del poder político, fue necesario regular lo que se hacía con ella, es decir, que no contraviniera lo dispuesto para la sana convivencia y desarrollo de la sociedad; así surgieron los censores. Los censores determinan con el aval de dicho poder, qué y cómo se lee. Por supuesto pensamos en la Santa Inquisición como la expresión más esplendorosa de la censura, pero apenas en el siglo 20, las obras de Henry Miller y Boris Vian fueron sometidas a sendos juicios por inmoralidad. Y si creemos que la censura no opera más en una sociedad democrática y liberal, ahí tenemos la censura cotidiana que se lleva a cabo en las redes sociales y medios masivos por parte de los agentes de lo políticamente correcto, misma que ha llegado a niveles ridículos al pretender enmendar la plana a autores como Roald Dahl o Ian Fleming, por presuntos comentarios racistas, xenófobos o machistas.

Los feos

Menos apreciados que los mismos censores, son los críticos. Esto, debido a que muchos consideran su actividad como un atentado al ego y al mal gusto de autores y lectores por igual. Es un hecho que los críticos tienen muchos menos fans que los censores. Sin embargo, es necesario superar un malentendido. El trabajo de un crítico es analizar a la luz de una o varias teorías literarias, las ideas y los recursos presentes en la obra, un ejercicio que nunca termina y que potencia la apreciación de la misma a través de las generaciones.

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