Pasar al contenido principal

Cary Stayner, un apuesto as3sin0 serial

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Agencias

Cary Anthony Stayner nació el 13 de agosto de 1961 en Merced, una comunidad agrícola ubicada en el californiano Valle de San Joaquín (Estados Unidos), donde su padre y su madre criaron a sus cinco hijos bajo las creencias mormonas.

Sus valores fundamentales eran el respeto por la autoridad, las buenas obras, el trabajo misionero y debían desechar cualquier tipo de vida más permisiva. Incluso tenían prohibido consumir alcohol. Pero la realidad era bien distinta: los Stayner eran una familia disfuncional. Su árbol genealógico estaba plagado de enfermedades mentales y abusos sexuales desde hacía cinco generaciones.

Sin embargo, Cary se centró en los estudios, acudió a clases para alumnos superdotados y, aunque solía estar casi siempre solo, se las arreglaba para conseguir el cariño de todos sus compañeros. Le bautizaron como el “más creativo” del instituto. Aquí fueron de gran ayuda sus dotes artísticas, especialmente con el dibujo y las caricaturas, lo que le valió su propia tira cómica en el periódico del colegio. Además, su buen físico (metro ochenta, rubio, ojos color avellana y de lo más atractivo) acaparaba las miradas del género femenino. Por tanto, el éxito estaba casi asegurado.

En 1991, el muchacho intentó suicidarse con monóxido de carbono; en 1995, ingresó en un psiquiátrico por una crisis nerviosa durante su jornada laboral; y en 1997, fue detenido por posesión de marihuana y metanfetaminas. Finalmente, la policía no presentó cargos y fue liberado. 

En aquel tiempo, algunos compañeros y amigos de Stayner ya hablaban de los episodios de rabia y agresividad que tenía: deseaba asesinar a su jefe e incendiar su lugar de trabajo. Pero aquello lo achacaron al posible desequilibrio mental que debía tratarse y que, según Cary, lo hacía fumando porros.

 

Al acecho

El verano de 1997, Cary se mudó a la localidad de El Portal, a cinco minutos del Parque Nacional de Yosemite, para trabajar como encargado de mantenimiento del hotel Cedar Lodge. Su director, Gerald Fischer, vio en el joven a “alguien de confianza, siempre dispuesto a echar una mano ante cualquier problema”. Y es lo parecía, un hombre “totalmente inofensivo” hasta para su propia novia. La mujer, también empleada del establecimiento y con dos niñas de 8 y 11 años, creía que Cary la amaba. Pero, en realidad, él solo planeaba el mejor modo de violarlas y asesinarlas.

Durante un año, ideó cómo llevar a cabo los crímenes y, al no lograrlo, decidió centrar su atención en las huéspedes del Cedar Lodge. Uno de sus primeros intentos se dio el 14 de febrero de 1999. Aquel día de San Valentín, Cary observó a tres menores en el jacuzzi del hotel y, cuando se disponía a asaltarlas, apareció el padre de una de ellas. Tuvo que abortar el plan. Al día siguiente, cambió de estrategia y mató a sus primeras víctimas.

Tras un día agotador en Yosemite, Carole Sund, de 42 años, su hija Julie, de 15 años, y su amiga, la argentina Silvina Pelosso, de 16 años, llegaron al hotel con ganas de descansar. Aparcaron el coche que habían alquilado, un Pontiac Grand Prix rojo, comieron unas hamburguesas en el restaurante, se quedaron en la habitación viendo un par de películas, y Carole aprovechó para llamar a su marido Jens y contarle que el viaje iba viento en popa.

Entretanto, las mujeres no sabían que un desconocido las estaba observando desde el exterior. Poco después, Cary llamó a la puerta de la habitación 509.

Al abrir, Carole se encontró con un hombre muy apuesto, ataviado con un mono de trabajo, que decía ser personal de mantenimiento del hotel y que necesitaba entrar al baño para solucionar una gotera del techo. Pese a lo tarde que era, la mujer no opuso problema alguno ante la amabilidad del trabajador. Minutos después, Cary salió del lavabo y las amenazó con una pistola: solo quería robarlas. Pero se trataba de una maniobra de despiste para que no se resistieran ante lo que tenía pensado hacerles.

Primero, encerró a las adolescentes en el baño, donde las amordazó y ató de pies y manos, y después, estranguló a Carole con una cuerda durante cinco minutos. Con el cuerpo de la mujer ya inerte, Cary lo arrastró hasta el maletero del Pontiac rojo y regresó para seguir con la matanza.

Inicialmente, el homicida ató a Julie a la cama de la habitación (quería reservarla para su tétrico número final) y Silvina fue la segunda víctima en sufrir sus vejaciones. Tras golpearla y violar a la argentina en repetidas ocasiones, cogió otra soga y la ahorcó. Luego, salió al dormitorio, violó a Julie salvajemente y la llevó a una habitación contigua: necesitaba espacio para limpiar la escena del crimen y trasladar el cadáver de Silvina al maletero. 

Para despistar a la policía sobre el paradero de las víctimas, Cary empapó con agua algunas toallas (quería dar a entender que se habían duchado), guardó las maletas en el coche alquilado con todas sus pertenencias, sacó a Julie envuelta en una manta y la colocó en la parte de atrás. Acto seguido, condujo el Pontiac hasta llegar a un lugar apartado.

Una vez en el lago Don Pedro, Cary sacó a la fuerza a Julie y la violó nuevamente. A continuación, comenzó a peinarla y a agasajarla con piropos, a decirle que la amaba, para segundos después degollarla por la espalda. Tapó su cuerpo entre unos arbustos.

Para eliminar el resto de pruebas, es decir, el coche con las otras dos víctimas asesinadas, el depredador decidió lanzarlo por un barranco. Pero un pino detuvo el descenso y quedó a la vista sin que él se percatara de ello.

Última víctima

Seis días más tarde, la policía recibió una nota con un mapa dibujado con la localización del último cuerpo, el de Julie.

El 21 de julio de ese mismo año, el manitas escogió a su cuarta víctima: Joie Armstrong, una naturalista, de 26 años, que trabajaba en cursos de educación en el parque de Yosemite. La mujer, residente en una cabaña próxima a la reserva, “parecía estar sola cada vez que entraba y salía al exterior”, circunstancia que usó Stayner para raptarla y llevarla en su coche a un lugar apartado. Durante el trayecto, Joie pudo escapar saltando del vehículo en marcha, aunque el asesino logró alcanzarla. Como en anteriores asesinatos, violó y decapitó a su víctima, y abandonó su cuerpo en una pista forestal.

La desaparición de la naturalista hizo saltar las alarmas y la policía comenzó a buscarla. La primera parada fue el domicilio de la joven: allí descubrieron signos evidentes de lucha y huellas de neumáticos. Además, uno de los testigos afirmó haber visto un coche azul el día de autos. Las pesquisas condujeron hasta una colonia nudista, al norte de Yosemite, lugar donde solía refugiarse Stayner.

En cuanto el asesino vio a los agentes, en especial a Jeff Rinek del FBI, levantó los brazos y se entregó. Una vez detenido, Cary confesó pormenorizadamente los cuatro crímenes. “Soy culpable […] Yo maté a Carole Sund, Juli Sund, Silvina Pelosso y Joie Armstrong. Lamento que ellas estuvieran donde estuvieron. Desearía que me hubiera podido controlar a mí mismo y no hubiera hecho lo que hice”, se justificó.

En julio de 2002 se inició el juicio contra el denominado ‘asesino de Yosemite’, acusado de cuatro asesinatos en primer grado, si bien él se declaró inocente alegando sufrir varios trastornos psicológicos. A lo largo de la vista judicial declararon 55 testigos, los investigadores policiales del caso, además de los psiquiatras y psicólogos que evaluaron al detenido.

Pese a que algunos especialistas afirmaron que Cary Stayner sufría de autismo leve o de otros trastornos como el obsesivo compulsivo, la pedofilia o el exhibicionismo, el fiscal principal, George Williamson, echó por tierra esa teoría. El letrado calificó al criminal de “astuto, frío y calculador” y de no albergar en él rasgo alguno de “locura” mientras perpetraba las violaciones y los asesinatos a las víctimas.

El 26 de agosto, el jurado, compuesto por nueve hombres y tres mujeres, encontró al acusado culpable de asesinato en primer grado. Una vez emitido el veredicto, los familiares de las víctimas se abrazaron entre lágrimas, pero todavía quedaba por conocer la pena que le impondría el juez Thomas Hastings del Tribunal Superior del Condado de Santa Clara. Esta llegaría el 12 de diciembre de 2002.

El magistrado de la Corte se mostró tan conmocionado por los detalles “horrendos y devastadores” del caso, que incluso llegó a derrumbarse y salir precipitadamente de la sala unos minutos para recomponerse. A su regreso, Hastings terminó de leer la sentencia que condenaba a Cary Stayner a morir por inyección letal. Pero para el marido de Carole y padre de Julie, Jens Sund, ese castigo no era suficiente. No había nada que pudiese calmar su rabia y enojo.

Tras ser condenado a muerte, Stayner fue trasladado al corredor de la muerte de la cárcel de San Quintín, en California, a la espera de ser ejecutado. Sin embargo, un tribunal dictaminó en 2006 que la inyección letal iba en contra de los Derechos Humanos y, desde entonces, las ejecuciones están suspendidas. 

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.