Conchita Ramírez de Aguilar
Augusto siempre ha sido un gran viajero, y es en esto, en lo único que ha impedido que su madre se entrometa. Su posición económica le permite, cada año, hacer dos o tres viajes al extranjero, y está convencido de que seguirá viajando, hasta que llegue el día del viaje sin retorno.
Terminado el desayuno, Augusto sale del Hotel dispuesto a disfrutar de esta mañana tan agradable. El botones se acerca para preguntarle si necesita un taxi y amablemente responde que ha decidido caminar.
Se interna en las calles ya conocidas y visitadas, llega a una cafetería que se ve muy acogedora y se sienta en una de las mesas del exterior. Pide café, y saca de su mochila el libro que se ha propuesto terminar hoy: Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, su autor preferido, y de quien ha leído casi todas sus obras. Por momentos interrumpe la lectura para observar a las personas que por ahí transitan, así como a los autobuses rojos, de dos pisos, característicos de Londres y muy solicitados por los turistas. Nunca lleva cámara, prefiere grabar en su mente aquello que observa con detenimiento. Siempre ha presumido de tener memoria fotográfica.
Pasadas unas horas, y después de haber caminado admirando los enormes escaparates de las tiendas más famosas, caras y elegantes, decide regresar al Hotel ya que al día siguiente visitará algunos lugares emblemáticos de la ciudad, en un Tour que incluye el Palacio de Buckingham —donde podrá ver el cambio de la Guardia Real— y la Abadía de Westminster, entre otros recintos. Él ya conoce estos lugares por anteriores visitas, pero siempre le parecen atractivos.
Con la finalidad de llegar al Hotel a la hora de la cena, y de retirarse temprano a dormir para descansar y estar listo para las actividades del día siguiente, decide tomar un taxi. Sabe que dicho medio de transporte, en esta ciudad, es muy caro, pero a él siempre le han gustado estos automóviles negros, grandes, cómodos y elegantes, conducidos por personas con conocimientos suficientes para contestar todas las preguntas y facilitar la información requerida.
Al llegar a la esquina, en cuyo letrero se marca la intersección de las calles: Inglaterra y Londres, de la Zona Rosa, encuentra el taxi, al que aborda e indica la dirección a donde se dirige. Reclina su cabeza sobre el asiento, cierra los ojos y comienza a recordar las incidencias de este viaje. Minutos después, el taxi se detiene frente a una casona estilo porfiriano, con una reja alta, negra y con herrería muy bien trabajada. Paga y desciende para entrar a un jardín amplio, rebosante de flores, entre las que destacan rosas y aves del paraíso. Ricardo, el jardinero, que en esos momentos se encuentra regando, interrumpe su labor para abrir la reja y lo saluda diciendo:
—Buenas noches, Don Augusto.
Él, sin voltear, mientras sube la escalinata que conduce a la entrada de la casa,
ordena:
—Encárgate de mis maletas y por favor, prepárame el baño. Fue un viaje muy largo y estoy
agotado.
Ricardo bastante sorprendido, rascándose la cabeza, se dice:
—¿Las maletas? ¿Cuáles?, ¿dónde están?
Fin
