Pasar al contenido principal

Camionero "asesino de la autopista" ultimó al menos a diez menores

juzgado
Foto(s): Cortesía
Redacción

William George Bonin nació el 8 de enero de 1944 en la ciudad estadounidense de Willimantic (Connecticut) en el seno de una familia disfuncional. Durante su infancia, tanto el pequeño como sus otros dos hermanos fueron víctimas de las palizas por parte de su padre, un veterano de guerra alcohólico y adicto al juego, mientras que su madre intentaba remediar estos incidentes de maltrato enviando a sus hijos con el abuelo. Sin embargo, aquello no hizo más que agravar la situación: el anciano abusaba sexualmente de sus nietos, principalmente de William.

A esto habría que añadirle la ausencia habitual de sus progenitores en el hogar familiar a causa del juego, por lo que los vecinos terminaban por acoger a los menores y darles de comer.

Cuando William tenía seis años, la madre metió a sus hijos a un orfanato católico. Fue su forma de alejarlos del padre y evitar que ocurriese alguna desgracia: el exsoldado se mostraba cada vez más agresivo y violento con los pequeños, contra quienes pagaba su mal humor a base de golpes. Durante los siguientes tres años, la vida de nuestro protagonista tampoco mejoró mucho: allí sufrió disciplina severa y castigos físicos por parte de los adultos del centro, además de abusos sexuales de otros chicos mayores que él.

 

Por ende, el carácter del pequeño se volvió introvertido y hermético, y su única forma de expresar su rabia fue a través de la consecución de delitos leves. Su primera detención se produjo a los diez años por robar matrículas de coche. Aquello le llevó a un centro de detención de menores donde fue abusado sexualmente por su tutor.

Una vez de vuelta al hogar familiar, el padre perdió la casa en una apuesta y tuvieron que trasladarse a la ciudad de Downey, en California, donde William se convirtió en un auténtico paria. El niño, tímido y torpe, apenas interactuaba con sus compañeros, que se mofaban de su aspecto físico por tener los “dientes de conejo”.

Por otra parte, William empezó a desarrollar una parafilia sexual hacia otros niños durante la adolescencia. Hablamos de un interés exacerbado y casi obsesivo por la pedofilia lo que, sumado a su despertar homosexual, hizo que pusiera en práctica sus fantasías con otros menores del vecindario más pequeños que él.

Las depravaciones

Tras graduarse en el instituto, William se alistó en las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y sirvió como artillero de helicópteros en la guerra de Vietnam. Pero en 1968 fue expulsado por violar a dos soldados a los que amenazaba con su pistola. Entonces, William decidió regresar a Connecticut, aunque, lejos de detener sus depravaciones, continuó con las agresiones sexuales. El siguiente año atacó a cinco adolescentes, a los que ató y golpeó con una barra de hierro hasta dejarlos inconscientes para después violarlos.

Pese a que se demostró la culpabilidad del pederasta, el tribunal alegó inimputabilidad por enfermedad mental y William fue enviado al Hospital Estatal de Atascadero para someterse a un tratamiento psiquiátrico: estaba catalogado de delincuente sexual con trastornos mentales.

En este tiempo, los informes revelaron que William tenía un trastorno de sadismo sexual y de personalidad antisocial, además de rasgos de depresión maníaca. Sin embargo, el examen psiquiátrico de 1971 certificó que William sí era plenamente consciente de sus actos y, por tanto, debía de cumplir la pena en prisión, lo que puso fin a su tratamiento médico. Tres años más tarde la junta penitenciaria lo dejó en libertad porque, según un nuevo estudio, el preso “ya no sería un peligro para la gente”.

Catorce meses después, William volvió a las andadas y violó a David McVicker, de 14 años, a quien recogió haciendo autostop, y por cuya agresión sexual fue condenado a 18 meses de cárcel. Una vez detenido, el depredador advirtió a la policía que la próxima vez no dejaría vivo al testigo. El 11 de octubre de 1978, William Bonin fue liberado y se mudó a un edificio de apartamentos en Downey, muy próximo a la casa familiar.

En los meses posteriores, el recién llegado se dedicó a meterse en el bolsillo a los adolescentes del vecindario, a los que engatusaba con alcohol para que acudiesen a su casa. Fue en algunas de estas quedadas donde conoció a quienes fueron sus posteriores compinches en los crímenes: chicos menores de edad que estaban tan fascinados como atemorizados por él.

Al mismo tiempo, William consiguió un empleo como camionero, circunstancia que aprovechó para comprarse una furgoneta Ford de color verde y perpetrar con ella sus sanguinarias cacerías. A bordo del vehículo, el pederasta acechaba a niños de entre 12 y 19 años en sus viajes por carretera, principalmente en autopistas. Una vez que conseguía que subieran, conducía hasta un lugar apartado y comenzaba el ritual del terror.

Entre 1979 y 1980, William mató a 21 jóvenes, tanto en California como en Connecticut, a los que previamente había esposado o inmovilizado antes de sodomizarlos para realizar toda clase de métodos de tortura, tales como golpes con una barra de hierro, asfixia o estrangulamiento, retorcimiento de testículos, quemaduras de cigarrillos, etc.

En muchos de estos crímenes William no actuó solo, lo hizo en compañía de cuatro secuaces: Vernon Butts, de 21 años, un trabajador de una fábrica de porcelana que estuvo presente en ocho asesinatos; Gregory Miley, de 18 años, cómplice de la muerte de dos menores; James Munro, un fugitivo sin hogar, acusado de complicidad en un crimen; y, William Pugh, de 17 años, al que William le hizo la siguiente advertencia: “Si quieres matar a alguien, debes hacer un plan y encontrar un lugar para tirar el cuerpo antes de elegir una víctima”. Y así lo hicieron. Los cuerpos de todas las víctimas aparecieron desnudos y al borde de carreteras o en edificios abandonados en distintos condados.

El hallazgo de tantos cadáveres llevó a la policía a pensar que se encontraban ante un asesino en serie, bautizado como ‘The Freeway Killer’, pero no lograban dar con pistas fiables que los llevase hasta su guarida. Además, había otro problema: el asesino en serie Randy Kraft estaba actuando en la misma zona y en las mismas fechas que el camionero, de modo que la autoría de los asesinatos llevaba a confusión.

La primera víctima del ‘asesino de la autopista’ fue Marcus Grabs, de 17 años, un estudiante alemán al que Bonin y Butts secuestraron el 5 de agosto de 1979 en Newport Beach mientras hacía autostop. El chico fue golpeado, vejado sexualmente y apuñalado 77 veces, y su cadáver fue arrojado desnudo y maniatado en una carretera de Malibú. Entre el primer y segundo crimen, transcurrieron tan solo 21 días: el camionero actuaba una o dos veces al mes, y a veces, hasta dos veces en un mismo día.

El chivato

La captura de William Bonin se produjo como consecuencia de la detención de uno de sus compinches, William Pugh, al que pillaron robando un coche el 29 de mayo de 1980. Ya en comisaría, el joven desvió la conversación hasta señalar al camionero como autor del asesinato de varios niños. La fiabilidad de los datos aportados llevó a la policía a iniciar un operativo de vigilancia al sospechoso y el 11 de junio lo pillaron in fraganti y a punto de violar y estrangular a Harold T., de 15 años, en un páramo de Santa Mónica.

Durante el registro de la camioneta, incautaron tres cuchillos, alambre, cuerda de nailon y una barra de metal con la que golpeaba y sodomizaba a sus víctimas. El pederasta jamás expresó remordimiento alguno ante los detectives por los hechos cometidos. Incluso llegó a afirmar a las puertas del tribunal ante los medios congregados: “No podía dejar de matar. Cada vez era más fácil”.

William Bonin fue juzgado y condenado por dos tribunales, el de Los Ángeles y el del Condado de Orange, por diez asesinatos y por otros cuatro respectivamente. El acusado “tenía un total desprecio por la santidad de la vida humana y una sociedad civilizada. Sádico, increíblemente cruel, sin sentido y deliberadamente premeditado. Culpable más allá de toda duda posible o imaginaria”, expresó William Keene, el juez angelino durante la lectura del veredicto en octubre de 1982, quien le impuso la pena de muerte por cámara de gas.

En agosto de 1983, el ‘asesino de la autopista’ volvió a ser condenado a muerte por el condado de Orange. El magistrado lo encontró culpable de “una conducta criminal monstruosa”. El día de su ejecución se fijó el 23 de febrero de 1996 tras varias apelaciones, la última se presentó unas horas antes de su ejecución.

En cuanto sus cómplices, todos terminaron entre rejas. Vernon Butts fue acusado de participar en seis asesinatos, pero se ahorcó en su celda a la espera del juicio. Gregory Miles fue sentenciado de 25 años a cadena perpetua, aunque murió en prisión al ser asesinado por otro recluso en 2016. Por su parte, James Munro fue condenado de 15 años a cadena perpetua y todavía permanece encerrado. Y, por último, William Pugh recibió una pena de seis años de cárcel por homicidio involuntario.

La ejecución

Un día antes de su ejecución por inyección letal (el estado de California reemplazó el método de la cámara de gas en 1992), Bonin recibió a amigos y familiares y, una vez en la celda de vigilancia, puso la televisión y pidió dos pizzas grandes de pepperoni y salchichas y un helado de café como última voluntad. A las puertas del recinto se congregó una multitud de opositores y simpatizantes de la pena de muerte, que jalearon consignas hasta la hora de la ejecución.

A las 00:09 horas del 23 de febrero, el alcaide Arthur Calderón dio la orden de comenzar la ejecución del reo William Bonin por inyección letal. Cuatro minutos más tarde, el camionero fue declarado oficialmente muerto. Tenía 49 años. Al otro lado del cristal, en la sala de los testigos, los familiares de las víctimas se abrazaron y lloraron emocionados. Llevaban muchos años esperando ese momento: cerrar una etapa y ver el último aliento del diabólico asesino de sus hijos.

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.