El País
Fue precisamente el Día Mundial del Agua que el gobierno de Nuevo León implementó medidas para enfrentar la escasez de agua que vivía. En estos cinco meses desde aquel 22 de marzo, el gobernador Samuel García Sepúlveda ha enfrentado presiones por esta problemática que lo conduce a su primer gran reto, sin solución pronta.
Cuando la pipa con 10,000 litros de agua de Paco Esparza entra al sector tres de la colonia Villas de Álcali, al oeste de Monterrey, el sol está alto y hay poca gente en la calle. La entrada, sin embargo, no pasa inadvertida. “La pipa, la pipa”, gritan unos niños. Esparza estaciona frente a un terreno baldío y hace sonar la bocina. Al chillido estridente le siguen portazos y pisadas. En cinco minutos, unos cuarenta vecinos están formados frente a la manguera. El que menos carga dos cubetas. La calle Basalto, una hilera de casas humildes, iguales y descascarilladas, lleva un mes sin que salga una gota de la llave; la de Marcasita, 19 días.
El conductor, que antes manejaba para Coca-Cola, se pone un sombrero azul para protegerse del sol y baja de un salto con ganas de ponerse a trabajar. Es el primer viaje de un día que se espera largo. A veces le ha tocado manejar hasta las 23.00. “Es mucha la demanda”, dice, sin quejarse. “Nunca había pasado algo así”. En un par de ocasiones, los vecinos han rodeado la pipa descargada y no le han dejado irse hasta que llegara la siguiente. Un rehén para poder llenar el tambo, el cubo, la garrafa, el cazo. Lo que sea con tal de no pasar otro día sin líquido en la peor sequía en al menos 34 años, desde que el huracán Gilberto arrasó Monterrey en 1988, pero llenó sus presas.
Monterrey, la segunda mayor área metropolitana de México, con 5.3 millones de habitantes, atraviesa una situación crítica. Al vaso de agua que bebe todos los días, le falta alrededor de una quinta parte. La ciudad solo dispone de 13,500 litros por segundo, de los 16,500 que necesita. Como medida extrema, desde el fin de semana pasado, el agua solo ha llegado a las llaves de 4,00 a 10,00 de la mañana, con la excepción de los hospitales y algunas escuelas. A menos que llegue una lluvia providencial, está previsto que las restricciones se mantengan entre dos y tres meses. Eso incluye todo el verano, cuando el termómetro supera los 40 grados.
En las colonias más alejadas del sistema de presas y pozos, como esta a la que acaba de llegar Paco Esparza, las llaves no sueltan gota a ninguna hora del día y dependen de las pipas. En la fila, los vecinos alinean los cubos de dos en dos y airean su desesperación. “La colonia huele a drenaje”, dice María Elena Gálvez, una mujer de 32 años con un niño en brazos. Los sectores uno y dos tienen agua y el tres no. ¿Por qué? Los botes han subido de 20 a 30 pesos. ¡Es un abuso! A los niños se les pide llevar dos litros a la escuela para poder ir al baño. ¿Pero cómo, si no hay? Y, para rematar, la vecina de más allá está vendiendo el agua que consigue con una manguera de 100 metros. “La vende a 20 pesos la cubeta”, cuchichea Mary Hernández, no sea que la vayan a escuchar.
A Irasema Martínez, copropietaria de la manguera, le da igual lo que digan a sus espaldas. Tal como están las cosas, esto es sálvese quien pueda. “El otro día llegó una señora con 10 botes y yo le dije que apenas llenábamos cuatro para nosotros. Se me enojó, pero es que abusan”, señala esta mujer de 42 años. La manguera la han comprado ella y otras 10 familias. Ayer puso de su bolsillo otros 200 pesos para comprar 40 metros más y así conectarla a la llave de una vecina que se mudó hace unos meses y arrancó el medidor. Martínez o su esposo se levantan a las 4.00 para ir a conectar la manguera durante las pocas horas que hay suministro. De esta forma, han logrado acumular una buena reserva: siete cubos en la cocina y otros 15 en la regadera, apilados cual pirámide prehispánica.
Sin manguera, a Elena Cabrera, costurera de 45 años, no le queda más remedio que la pipa. Arrastra el carrito rosa de su hija con un cubo encima y sostiene un garrafón con manchas de barro que se acaba de encontrar. “Está sucio pero igual sirve para el baño”, dice, mientras aguarda paciente su turno. Como su esposo trabaja, no puede cargar más. Lo que consiga va a tener que aguantar los tres días que tarda en llegar la próxima pipa. La prioridad, además de asearse, es lavar el uniforme de su hija. El agua sucia la reutilizará para trapear o para el baño. Lo tiene todo tan medido que cualquier gasto innecesario es motivo de bronca. El otro día, su hijo se acabó una cubeta para lavar sus tenis. “Hicimos un coraje bien grande”, recuerda.
Los vecinos están pensando en rentar una pipa privada para que les surta a diario, en lugar de cada tres días, pero los precios han subido de unos 2,500 pesos a 3,500. No se acaban de decidir. El agua los tiene desvelados, haciendo malabarismos con el trabajo. “Ya está uno bien estresado. Mi taller de costura lo tengo desatendido. Pierdo muchas horas”, cuenta. Por si fuera poco, el recibo se ha multiplicado por cuatro. Pagaba 70 pesos al mes y le acaba de llegar uno por 270. “¡No tenemos agua, pero el recibo me sigue llegando!”, exclama.
Sequía prolongada y mala planeación¿Cómo se ha llegado a esto? La región de Monterrey arrastra una sequía desde 2015 y las dos presas que alimentan un cuarto del líquido consumido están prácticamente vacías. La de Cerro Prieto tiene 2.7%, un mínimo histórico, y la de La Boca, un 9%. En la sede de Servicios de Agua y Drenaje los ingenieros miran preocupados una enorme pantalla de un metro y medio de alto por unos cuatro de largo, que se actualiza al momento con nuevos datos. Allí se ve una maraña de presas, pozos, y grandes tanques de almacenamiento con tuberías que se ramifican por los municipios. Los tanques por debajo de los niveles críticos se pintan de rojo. En este momento de la tarde, más de la mitad de la veintena que tiene el sistema están de ese color.
En octubre pasado, cuando el gobernador Samuel García tomó posesión, Cerro Prieto estaba a 12% de su capacidad, casi 10 puntos más que ahora. El director general del Servicios de Agua y Drenaje de Monterrey, Juan Ignacio Barragán, defiende que desde entonces se ha reducido el ritmo de extracción, si bien el Gobierno estatal pidió hace tan solo unas semanas permiso a la Comisión Nacional del Agua (Conagua) para seguir extrayendo.
Para Barragán, sin embargo, el problema de planeación es anterior. “La situación crítica era evidente desde 2020. Ya estaban más abajo del nivel que permite la norma. Las autoridades federal y estatal debieron haber reducido la extracción. Las presas se van a acabar, salvo que vengan unas lluvias excepcionales”, dice. “La empresa debería tener una reserva del 20% y nosotros trabajamos con un déficit del 25%. No es fácil”. Además, de los 200 pozos disponibles, descubrieron que 50 no contaba con equipami
