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Domingo de Ramos en Chahuites

panteon
Foto(s): Cortesía
Giovanna Martínez

Sebastiana Gómez

Cuando era pequeña, la llegada del Domingo de Ramos me ponía muy contenta. Varios meses antes de la Semana Santa, la mayoría de las personas del pueblo se preparaban para disfrutar ese día. En casa, mi mamá me enseñó que debía guardar todos los cascarones de huevo que consumíamos. Los lavábamos bien con jabón, se enjuagaban con suficiente agua y se ponían a secar. Un día antes del  Domingo de Ramos, mi mamá  traía papel de china rojo, amarillo, verde  y azul que yo cortaba en cuadritos, mismos que servirían para tapar los cascarones; mientras tanto, ella preparaba ricos tamales que llevaríamos al panteón para compartir con los vecinos y la familia.

Dos o tres días antes del Domingo de Ramos, los varones que tenían algún pariente enterrado en el panteón, iban a limpiar  y cortaban palmas para hacer una enramada, donde resguardarse. Mi mamá arreglaba las tumbas de los familiares  con muchas flores y veladoras. Por la mañana del domingo, me tocaba acomodar los cascarones y los cuadritos de papel en una caja de cartón. Después de comer, preparábamos agua con un poco de perfume para llenar los cascarones que venderíamos en la noche. 

Otras familias preparaban dulces con las frutas que ahí se cosechaban como: mango,  almendras y ciruelas. También disfrutábamos de las estorrejas y las cocadas, además de  los curtidos, que se elaboraban con mango, nanches, ciruelas y duraznos. Además de las familias que llevaban antojitos para su cena y compartir,  había otras que  preparaban  tacos, tostadas y tamales para vender, sin faltar las ricas garnachas.

En aquellos tiempos, el transporte más común era la carreta jalada por bueyes. Cuando empezaba a bajar el sol, era la hora indicada para que mis hermanas y yo buscáramos el petate para extenderlo en la carreta y poner encima nuestras sábanas. Mi papá nos subía a ella, junto con mi mamá y las cosas que llevábamos de comida y bebida. Así tomábamos el camino hacia el panteón del cual nos separaban diez cuadras; cuando salíamos, todavía había sol y llegábamos al lugar cuando empezaba a oscurecer. Íbamos felices en nuestra carreta, viendo otras que iban atrás o adelante de nosotros. También había muchas personas caminando. Cuando  llegábamos al panteón, el sol ya se había ocultado, y veíamos muchas veladoras prendidas. En una de las entradas había puestos que empezaban a vender antojitos, dulces, refrescos y cervezas.

Yo me encargaba de llenar los cascarones con el agua que había preparado con mi mamá; después los tapaba con papel de china y los paraba en una charola con arena; ahí  mismo en la tumba de mi abuelo me sentaba y los vendía a diez centavos.

El lugar se llenaba de algarabía, había gente que cantaba y tocaba la guitarra, las  personas compartían la comida que llevaban, y no se diga los jóvenes que se divertían comprando cascarones para aventarlos y mojar a sus amigos a los que correteaban entre las tumbas. A eso le llamaban la "cascaroneada". Los niños también gozaban de las mojadas, pues el calor lo permitía. 

Después de la cascaroneada y de haber disfrutado la cena, empezábamos a recoger las cosas. Mi papá  acarreaba todo a la carreta, después nos subía y acomodaba. Apenas empezaban a caminar los bueyes, mis hermanas y yo nos quedábamos dormidas. Cuando despertábamos, en nuestros catres, ya era un nuevo día.

 

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