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DENARIOS: La niña

Foto(s): Cortesía
Aleyda Ríos

Sebastiana Gómez

En mi primer año de servicio docente, siendo yo muy joven, me mandaron a una colonia cerca de Tehuantepec, donde yo era la maestra, directora y conserje de la única escuela.

A las siete y media de la mañana iniciaban mis labores. A esa hora veía pasar a una niña, a la que yo calculaba diez años de edad, que todos los días caminaba por esa calle cargando una cubeta de maíz que llevaba al molino. Cuando ella regresaba, los niños ya estaban formados en el patio. La niña se detenía un rato para verlos entrar al salón, como si quisiera estar con ellos. Después de observarlos, volvía a tomar ese camino largo que yo no sabía a dónde la llevaba.

Un día me acerqué a ella para preguntarle su nombre, nada más me vio y otra vez tomó ese camino, solo que ahora se fue más lenta que de costumbre, como si no quisiera llegar a su casa. Al día siguiente, a la hora que ella pasaba, cité a uno de los integrantes del comité para saber si él o alguien más la conocía, pero dijo que no. Me puse triste porque no había esperanza de que la tuviera en mi clase.

Un día, un padre de familia nos invitó, a los alumnos y a mí, a su parcela, porque iba a cosechar elotes y quería que fuéramos a comer. Para poder aceptar la invitación se pidió el permiso a los padres de familia. La parcela estaba cerca, solo se cruzaba un pequeño arroyo que divide a la colonia y a los terrenos de siembra.

La reunión estuvo muy alegre, los niños se divirtieron mucho, cortaron elotes que después comimos con limón y en tamales. Todavía con el sol dejamos la parcela para regresar juntos a la escuela y después a casa.

Antes de cruzar el arroyo vi a la niña, parada en el patio de una casita de lámina. Me detuve y le hablé. Ella volteó para ver hacia adentro de la casa y salieron dos señoras a quienes les pregunté si alguna de ellas era la mamá o la responsable de la pequeña y me dijeron que no. Les pregunté entonces si podía hablar con alguna otra persona para que inscribiera a la niña a la escuela. La mayor, casi molesta, contestó que no insistiera. “Ella no puede ir a la escuela”, solo dijo eso y entró a la casa jalándola del brazo.

Como aún la veía pasar, la esperé un sábado cuando no había clases. Ella me vio en la malla de la escuela y se acercó. Me dijo que no fuera a buscarla más, porque si volvía a ir le iban a pegar. Le pregunté quién de las dos señoras era su mamá, me dijo que ninguna. Entonces fue cuando me contó que las mujeres que allí vi eran las esposas del señor con el que ella vivía.  Llorando, me dijo que ella también era otra esposa, que ella se encargaba de hacer las tortillas y las otras lavaban ropa y hacían la comida. Le pregunté su edad: “12 años”, me dijo, y se fue.

Me quedé pensando en esa familia. ¿De dónde venían?; nunca lo supe. A los tres días ya no vi más a la niña. Se fueron a un lugar desconocido.

Antes de cruzar el arroyo vi a la niña, parada en el patio de una casita de lámina. Me detuve y le hablé”.

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