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Fragmento del libro “Viaje a Monpratior”, de Kurt Hackbarth

libro
Foto(s): Cortesía
Giovanna Martínez

Concreté la compra y toqué.  Me abrió Lucía.

—Ya te tardaste —murmuró.

—Tarde pero seguro, Lucía querida. Tarde pero seguro.

—Bueno, ven, ven —me dijo, conduciéndome a la recámara.

—Algo para su bestiario, maestro —le dije al entrar, depositando el regalo en su buró.

El maestro sonrió débilmente.

—Así estaré yo muy pronto: liviano y lleno de aire.

—No diga eso, hombre.

—¿Y qué pretendes que diga, que voy a estar tan pesado que me hundiré dos metros en la tierra?

Tosió y sentí un espasmo de culpa por haberle contrariado innecesariamente.

—Hablemos de otra cosa —dije, sentándome a su lado—. De lo que usted quiera.

—De literatura, entonces —dijo el maestro—. La única cosa que sigue valiendo la pena en este rancio mundo.

—De acuerdo —dije, agradecido por cualquier cambio de tema.

—Hay un cuento en El Decamerón –no me preguntes qué día– de los dos amigos que hacen un pacto: quien muera primero tiene que volver para contarle al otro cómo es el más allá.

Resultó que no habíamos cambiado de tema para nada.

—Lo que más pesa al moribundo —prosiguió el maestro—, no es el morir en sí, sino la incertidumbre. Y ahora que estoy en el umbral, lo compadezco. ¿No te gustaría saber lo que te depara para poder prepararte?

—Claro que sí —dije, jalando los puños de mi camisa—. Sería muy… oportuno.

—Pues, yo te prometo que, si puedo, regresaré.

Un maestro a ultranza, pensé. Con las ganas de seguir enseñando, incluso desde ultratumba.

—¿Regresará como fantasma? —pregunté.

—No, porque no crees en esas cosas —dijo—. Tú y tu escepticismo racional. Tendré que ser más listo.

Y ésas fueron sus últimas palabras antes de caer en coma; a las dos horas, falleció. Salí tambaleando de la casa y bajé el callejón en medio de un chaparrón tan denso que parecía inmóvil. Recordaba mil clases del maestro, mil cátedras que habían iluminado rincones de mi cerebro con destellos brillantes, aunque fugaces. Lo había decepcionado, lo sabía, al no seguir el camino de las letras. Pero yo siempre había sido demasiado anclado al mundo real y la imaginación me huía como la lluvia daba la impresión de hacer en ese momento: la humedad se escapaba de los baches, charcos y alcantarillas, incluso desde las suelas de mis zapatos para irse levantando como un telón que cambia abruptamente de idea en cuanto toca el piso.

En la Plaza de la Danza, el agua se retiraba con la fuerza de un torrente retráctil. Entre los puestos de nieves, mientras tanto, dos chicos se pasaban una pelota con los pies. La normalidad del juego me sosegaba hasta que, tras un examen más detallado, comprobé que la pelota no estaba siendo pasada: al contrario, los niños apartaban sus pies del esférico, que se propulsaba grotescamente en sentido contrario. Me alejé corriendo y, subiendo dos tramos de escaleras, busqué refugio en la Escuela de Bellas Artes. Error. En el patio, rondaba una cacofonía tan diabólica que me sentía atrapado en un aquelarre. Hui, chocando en la entrada contra un grupo de estudiantes que apagaban sus cigarros con un encendedor. De ahí, reboté como un búmeran hacia la primera cara que reconocí: la de don Globos.

—¡Ey! —exclamé, abordándolo—. ¿Qué demonios está pasando? ¡Siento que enloquezco!

—Tranquilo, hombre, tranquilo. —El don desarmaba meticulosamente un amasijo de globos que formaba un rechonchito perro salchicha—. Hay una leve perturbación del universo, eso es todo. Dentro de un ratito, el tiempo está corriendo hacia atrás.

Así dijo: “dentro de un ratito”. Lo escudriñé con recelo.

—Entonces, ¿qué? ¿El universo llegó a su tope y ahora empieza a contraerse?

—Qué ocurrencia, jefe. —Su tono era despreocupado, casi campante; ahora sí, alguien lo estaba tomando en serio—. Que el universo expanda o contraiga no afecta la direccionalidad del tiempo. No, ésta es otra cosa. Un rasguño en el disco, digamos.

Mi mano se retrajo del perrito salchicha que habré querido agarrar después de pensarlo dos veces. Tenía sentido: no aguantaba ver que se deshiciera.

--Si lo que dice es cierto, ¿cómo es que puedo entenderlo cuando habla?

El don sonrió.

—Porque los cerebros empiezan a compensar con tal de mantener su manera consuetudinaria de ver el mundo. Se llama adaptación perceptiva. Créeme, soy experto en eso: así es cómo logro desplazarme todos los días por el barrio.

—¿Y cómo vamos a salir de eso?

—Saliendo del surco, ¿cómo, si no? Ya, ya, no se agite. La tendencia del tiempo es correr hacia adelante. Tarde o temprano, todo volverá a su cauce. Mientras tanto, pues, aproveche.

—¿Aprovecho qué?

—El espectáculo. —Vomitó líquido en un frasco y no sabía si realmente vomitaba o bebía porque cualquier de las dos cosas era plausible—. Y si tienes algún pendiente, ahora es el momento.

—¿Pendiente? ¿De qué habla?

Don Globos me miró como el maestro había hecho tantas veces en clase.

—Luego dicen que el tarugo soy yo.

Para saber

Este viernes, 25 de marzo a las 7:00 pm en la Biblioteca Henestrosa de la ciudad de Oaxaca, el escritor, periodista y dramaturgo Kurt Hackbarth presentará su nuevo libro de cuentos, “Viaje a Monpratior”. La colección, que será publicada por el sello Matanga Taller-Editorial, consta de nueve cuentos con ilustraciones de la arquitecta y artista oaxaqueña Gabriela Martínez.

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