Rafael Alfonso
Un hombre sube a un banquito de madera armado con un revólver que apunta directamente a su sien; un instante antes de jalar el gatillo, su cara palidece de terror. Al escuchar el “click” del arma, el ruletista, aliviado se desvanece sobre los espectadores que, con creciente fascinación, han seguido su espeluznante trayectoria como retador de la muerte.
"El ruletista" es un relato magistral y sobrecogedor del poeta rumano Mircea Cărtărescu. Para dar paso a esta extraordinaria, hace uso de una voz narrativa que encarna a un escritor acostumbrado a saborear las mieles del éxito y que, sin embargo, en el momento de escribir esta historia, abomina de las risas galvanizadas de sus personajes, de las nobles ideas que esgrime en sus escritos y de todos los recursos estilísticos que ahora considera vacuos; no es para menos.
El narrador -aunque se niega a decirnos su nombre- conoce desde siempre al ruletista del título, porque ha sido su vecino, su compañero de escuela y su amigo. Lo describe como un ser oscuro y apagado, absolutamente negado para el donaire y la distinción, ya sea vistiendo harapos o un frac, un hombre al que la fortuna, desde la más tierna infancia le ha sido adversa. Su afición desmedida a los juegos de azar le han hecho, una y otra vez, perderlo todo, puesto que lleva consigo, como un sino trágico, la imposibilidad de ganar un simple volado. Como parte de su derrota y de su miseria, ha conocido la cárcel.
Por otra parte, su vecino, el narrador conoce los beneficios de una carrera bien llevada, el bienestar familiar y la solvencia económica. Al visitar en la cárcel a su antiguo vecino recibe las súplicas de un ser que le implora ayuda. Para terminar, una vez en libertad, el hombrecillo cae en las garras del alcoholismo.
Es por lo anterior que, años después, encontrar a su camarada en un lujoso restaurante presidiendo una mesa de comensales evidentemente acomodados, causa en el escritor sorpresa e incredulidad. Aunque no ha perdido el mal semblante, es evidente que su amigo es el centro de las atenciones de quienes lo acompañan, pronto se enterará de la causa.
Este grupo se interna en unas buhardillas infames y sucias que son el escenario donde vagabundos y almas perdidas, que no tienen para apostar más que su vida -y que por lo mismo tienen muy poco o nada que perder- aceptan participar en un juego atroz: disparar sobre su sien un revólver cuyo tambor está cargado solo con una bala de seis posibles, a cambio de un porcentaje de las apuestas. Por supuesto, hay ocasiones en que la bala sale disparada manchando de sangre las paredes.
El escritor se entera entonces de que su amigo se ha convertido en el ruletista más célebre de este circuito clandestino, al grado de que ha llevado a más el reto, no sólo repitiendo la experiencia -que la mayoría abandona después de la primera vez- sino reduciendo drásticamente las probabilidades de éxito al aumentar el número de balas en el revólver, en lo que parece ser una desquiciada carrera en la que el único contrincante es la muerte misma.
Mientras esto sucede el narrador/escritor, fascinado por la ruleta, se va deshumanizando esperando un trágico fin que siempre parece inminente. El asunto toma tintes existenciales al poner en duda el mismo propósito de la vida, de la muerte y del arte.
