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Largo camino

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Foto(s): Cortesía
Giovanna Martínez

Petra

DENARIOS

Ella da un sorbo a su café y empieza a contarnos la historia:

“Tenían apilados como 10 cuerpos así, miren”, dice, mientras hace movimientos cortos con su mano extendida al frente y los dedos juntos. La va elevando haciendo pausas, como si el canto de su mano subiera una escalera totalmente vertical. Entrecierra su ojos y parece que estuviera viendo esos recuerdos lejanos.

“Se llamaba José, era el mes de mayo. Fui al pueblo a ver a mi mamá, ahí estaba tía Lucina"; en el pueblo se acostumbra decirles tío o tía a las personas de mayor edad. “En cuanto me vio, dijo: '¡Chela!, mi José no ha venido a ver a ver sus hijos desde el mes de marzo; estoy preocupada porque nadie me da razón de él. Cuando vino la última vez, me comentó que iba a trabajar por el rumbo de Etla. Yo no sé dónde queda ese lugar'; sentí mucha pena por la pobre abuelita, que lloraba y lloraba”.

Hace una pausa para dar otro trago a su café, y nos acerca una canastita repleta de deliciosas galletas que le compró a Edith, una amiga de su hija, invitándonos con un movimiento de cabeza, para luego continuar.

“Cuando regresé a Oaxaca, me puse a preguntar a los paisanos que vivían aquí, si sabían algo de José. Nadie me daba razón, hasta que un día encontré a Ezequiel, hijo de unos compadres del pueblo. Él me dijo que hacía como tres meses, en el periódico, vio una nota sobre un hombre que había muerto al pasarle encima un carro cargado de trozo. Llamé a mi hermano Valentín y a mi sobrino Jorge, que trabajaban entonces aquí en la ciudad, les platiqué lo que pasaba y les pedí que fueran a Etla a preguntar.

“Ahí les informaron que, efectivamente, en el mes de marzo, habían ido a levantar un cuerpo a un cerro por el rumbo de Las Guacamayas. Era de un hombre que colocaba unas trancas en las llantas traseras de un camión, cuando este se puso en reversa por un descuido del chofer y sucedió el accidente. El cadáver lo habían traído a la ciudad porque nadie lo identificó.

“Nos fuimos luego para el anfiteatro, ahí fue donde vimos ese montón de cuerpos muertos, algunos nada más con sus calzoncillos. No se distinguía si eran puros hombres o también había mujeres. Olía muy feo, los ojos nos ardían y el encargado nos dijo que nosotros mismos teníamos que mover los cuerpos para ver si reconocíamos al que buscábamos. Mi hermano, con los ojos y la cara enrojecidas, dijo que no. Me quedé pensando, cuando el encargado me aconsejó: 'Señora, vaya a la comisaría y ahí busque a los canasteros'; así les decían a los detenidos por faltas menores; 'pague usted sus multas y ellos vendrán a levantar los cuerpos'.

“Le di las gracias y me fui para la casa, pensando en la pobre tía Lucina. ¡Qué tal que su hijo estuviera ahí! En unos días más, esos cuerpos irían a la fosa común”.

Interrumpe un momento la historia para espantar un mosquito que revolotea sobre su cabeza, mientras nosotros nos servimos más café.

“Mandé un telegrama al pueblo pidiendo a Carmelo y a Fausto, los hermanos de José, que vinieran.  Llegaron a los dos días”.

 

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