Rafael Alfonso
Hago tsundoku sin querer, porque lo aprendí de mi padre, que no era necesariamente un lector consumado. Su trabajo le permitía el estrecho contacto con los libros y no tenía empacho en traerse a casa los ejemplares que debían estar en su oficina. Mi padre apreciaba en ellos las texturas, los acabados y la calidad del papel. Gustaba de las enciclopedias y de los volúmenes con pasta dura y tenía especial predilección por las portadas coloridas.
Por mi parte, cuando era niño, experimentaba con estos últimos cierta sensación de haber caído en una trampa. Abrir una hermosa portada de colores y encontrar en el interior temas ajenos e incomprensibles, me provocaba una sensación similar a la de tomar esos comprimidos envasados en llamativos frascos que, sin embargo, sabían tan amargos como la enfermedad que los requerían para su alivio.
¿A qué muchachito de 12 años le podían interesar las lecciones de filosofía de Hegel, o los trabajos psicoanalíticos de Melanie Klein?; sin embargo, ahí estaban en casa, al alcance de mis manos. Por supuesto -la sinceridad ante todo-, son lecturas a las que no me he aventurado, pero que no están del todo descartadas. El arte del buen tsundoku implica sí, la postergación, pero no la renuncia.
La palabra tsundoku es japonesa y se compone de dos vocablos: tsu (acumulación) y doku (leer). Sin profundizar en ello, muchos artículos -tantos que no se sabe cuál fue el primero- pasan el dato de que en 1879, el autor Mori Senzo acuñó la frase "tsundoku sensei" (maestro del tsundoku) con intenciones satíricas, refiriéndose a alguien que tiene muchos libros que no lee.
La consultora en orden y organización, Marie Kondo, afirmó que nadie debería tener más de 30 libros en casa, lo que en su momento generó el espanto, la indignación y la burla de bibliomaniacos del mundo entero que la tomaron por inculta (por decir lo menos). La célebre organizadora se vio entonces obligada a matizar esta declaración aduciendo razones de espacio y cuidado, considerando el modo de vida de su país. Kondo recalcó que no hablaba de quemar o de tirar montones de libros a la basura, sino simplemente de que las casas japonesas suelen ser pequeñas y húmedas, y por lo tanto inadecuadas para acumularlos.
El término tsundoku no tiene equivalente en ningún idioma; ya se acepta mundialmente para referirse al acopio de material bibliográfico que hacen los particulares y que rebasa su capacidad de lectura. El actual ritmo de vida de muchas personas, ha traído como consecuencia que volúmenes fascinantes esperen a su lector desbordando los libreros y apilados sobre mesas, escritorios y otros muebles. Aquí es importante diferenciar el tsundoku, de la acumulación mórbida de objetos varios -no solo libros- y también de las colecciones privadas de bibliófilos especializados.
Esta suerte de compulsión suele ser compartida por personas que se dedican de alguna u otra forma a la literatura: escritores, editores, maestros y libreros. Han existido acumuladores proverbiales de libros como Virginia Woolf, Ernest Hemingway y Umberto Eco. Jim Morrison y Carlos Monsiváis también podrían ser la pesadilla de Marie Kondo. Mi tsundoku es mucho más modesto, pero comienza a ser una complicación para los espacios disponibles en la casita de interés social que habito.
