Las luces de la ciudad empezaban a encenderse para reemplazar a los rayos del sol que morían, allá donde finaliza el cielo. Las calles abrían sus manos a las personas que, como hormigas curiosas, miraban los aparadores. En la mesa más apartada de una fonda estaba cenando Agustín Carrero. Tenía la mirada fija en su cerveza intacta. Sus ojos acuosos oscilaban entre la ira y la tristeza, porque su novia “La güera Jacinta”, se había marchado quizás para siempre, a una ciudad del norte de la República. “¡Creo que nunca llegó a quererme!”, se dijo. “Solamente quiso pasar el rato conmigo, largándose después como si nada hubiera pasado!”, y dando un manotazo en la mesa salió, después de pagar la cuenta.
El joven la conoció una noche cuando se cruzaron en la parada de los autobuses urbanos. Agustín la abordó y contrario a las buenas costumbres, ella lo recibió con una amplia sonrisa.
—¡Qué dientes tan manchados tiene esta morra! —pensó para sí mismo—, pero su cuerpo bien vale la pena para darle una buena cepillada con bicarbonato hasta que su dentadura quede tan blanca como mi alma.
En los ocho meses que fueron novios, él siempre la vio vestida con jeans ajustados. Él le insistió una y otra vez para que se pusiera un vestido, pero ella solo sonreía y se negaba ante la desesperación de Agustín.
Jacinta era de Durango y huérfana de ambos padres. Desde entonces acompañaba a su hermano que era contratista de obra civil. Había ganado una licitación para construir una oficina de gobierno, en la ciudad. A los ocho meses se inauguró el edificio y también acabó con el romance de los novios. Un día antes de irse, Jacinta le dijo a Agustín:
—Para despedirnos, te espero en la Central de Autobuses a las tres de la tarde.
Agustín Carrero planchó sus mejores ropas. “Pareciera que voy a casarme y no a despedirme”, pensó y suspiró al mismo tiempo. Boleó sus zapatos y se puso una loción barata a pesar de que odiaba perfumarse. Llegó a la Central con el corazón brincoteándole en el pecho, porque estaba seguro de que sería la última vez que la vería en su vida. La buscó por los andenes y no la vio por ninguna parte. De momento se alegró. “Seguramente que su hermano encontró otro trabajo y se van a quedar más tiempo. Gracias, Señor. Gracias, Dios”, dijo alzando las manos al cielo.
Unos dedos suaves se posaron en su hombro, giró sus pies y parecía que sus ojos iban a saltar al suelo por lo grande que abrió sus cuencas oculares. Allí estaba Jacinta, tal como la quería ver. Un vestido color melón de amplio vuelo cubría su figura. La falda apenas le cubría las rodillas. Ella le abrió sus brazos, al mismo tiempo que le decía:
—Este es tu regalo de despedida.
Agustín Carrero se echó a llorar de frustración y de rabia. A cada sollozo, sus pensamientos goteaban como ácido en el suelo.
—¡Jacinta! ¡Jacinta! ¿Por qué te lo has puesto hasta ahora que te vas?
Él le juró que iría a buscarla hasta Durango, aunque no tenía ni idea dónde estaba esa ciudad. Ella tan solo le sonrió con sus dientes ahora blancos, le dio un beso, le dijo adiós y se subió al autobús.
