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Hotel de paso. ¿Destino inexorable?

mujer
Foto(s): Cortesía
Giovanna Martínez

Petra/ Denarios

A su piel marchita, acariciada mil veces, parece habérsele agotado la elastina y el colágeno. Está parada en la esquina con otras mujeres.

Tiene treinta y siete años, pero parece tener sesenta mal cuidados. Lo más feo, son las bolsas que le cuelgan de los ojos. Esa vida que lleva se la está acabando, va a terminar igual que su mamá. Sus hijas, ya están también en el oficio. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué familia!

aPero déjenme les cuento. Camila es muy parecida a su mamá cuando tenía la misma edad. Fue ella quien la inició en la prostitución apenas cumplió los quince años. Sabina, era una mujer que no conocía los escrúpulos.

Tenía también un hijo varón, el mayor, todos lo conocían como Yiyo. Cada mañana, los tres salían del cuarto que rentaban en una vecindad cerca del Mercado, era una vecindad sórdida, sin servicios. Yiyo, siempre caminaba atrás de las dos mujeres. Era grandulón, de movimientos torpes y mirada estúpida. Desde niño, se pasaba los días enteros haciendo nada, tumbado horas y horas leyendo cómics, comiendo hasta hartarse y viendo televisión. Solo cuando su hermana fue mamá tuvo, por fin, una tarea: cargar la pañalera de su sobrina.

En una sola jornada, Camila, era capaz de atender de diez a doce solicitantes. ¡Virgen santa! ¡Pobre Niña! Las otras mujeres que trabajaban en la misma calle le tenían envidia.

Una vez, para sacarla de la competencia, denunciaron a su mamá por explotación de menores. Sabina solo estuvo un día detenida, después ninguna autoridad la molestó, al contrario: la chamaca tuvo trato preferencial en los turnos ante sanidad. Dicen que la protegían, porque le daba servicio al que entonces era jefe de la policía. Así, tuvo otra hija cuando la primera apenas rebasaba su segundo año de vida.

Conforme fueron pasando los años, su taconeo ligero se volvió lento y pesado. Su vientre le ha crecido tanto que parece que carga una almohada mal rellena. Justo así estaba Sabina cuando tenía su edad.

Igual que su mamá y su hermano la vigilaban para controlar sus ganancias, ahora la mujer vigila a sus dos hijas que son apenas unas jovencitas. Camila, salió más buena que Sabina en el oficio de madrota, personalmente les aplica a las muchachas las inyecciones para que no salgan embarazadas.


Me chocan sus risotadas, parece que se las echa a propósito para que la gente voltee a verla. La otra vez que vino a la tienda a comprar aceite para la lámpara de su altar -porque, aunque no lo crean, ella es muy devota de la virgencita- se me ocurrió platicarle lo que había predicado el padre en la misa del domingo anterior, para ver si la convencía de que dejara esa vida de pecado.

—¿Así que que nuestro cuerpo es el mismo de Cristo? ¡Ay, santurrona! Mira si nuestro Padre va a permitir que su hijo predilecto, vuelva a sufrir ahora en nuestra carne, después de que lo desollaron vivo. Esos que lo crucificaron, ¡esos sí era malos!— dijo al salir de mi tienda. —

¡Somos el cuerpo de Cristo!— gritó en la calle, se carcajeó y volteó a mírame con burla.

Cuando el sol va cayendo, las tres se van para su cuarto, ahora viven en una vecindad por el rumbo de lo que era la estación del tren. Yo nomás las veo como se van perdiendo entre el relumbro de la tarde, parecen unos fantasmas gordos con tacones. Nunca trabajan de noche. “Ni que fueran naguales”, eso dicen.

 

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