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El lector furtivo: Grisóstomo y Marcela

Pintura de pastora con ovejas
Foto(s): Cortesía
Luis Ángel Márquez

Rafael Alfonso

 

Todos tenemos en feliz memoria al Quijote, este hombre ya entrado en edad, metido a héroe de los caminos, a la manera de sus admirados Belianís, Amadís y todos los demás caballeros andantes que se distinguían por luchar con denuedo, valor y fuerza extraordinaria contra la injusticia, poniendo en alto el nombre de su dama y señora.

Pues bien, entre todas las aventuras de Don Quijote, desmesuradas e insensatas, quiero referirles quizá, la más sensata de todas. Don Quijote, y Sancho, por supuesto, allá por el capítulo 10 llegan a las chozas de unos cabreros que los reciben con agrado y les dan posada. A mitad de la noche llegan a dar noticia de la muerte de Grisóstomo, un pastor, que ha sido muerto de amor, dicen, por el desprecio de una muchacha, pastora también, que no respondió a sus requiebros.

Antes de pasar adelante, habría que decir que el tal Grisóstomo no era un pastor nacido en aquella tierra, sino un muchacho oriundo de Salamanca, hijo de una familia adinerada y educado en los colegios de ahí mismo, que decide retirarse a la campiña seducido por el modo de vida pastoril, cercano a la naturaleza y a la contemplación. Es ahí donde cae herido de muerte por el amor de Marcela, otra muchacha citadina metida a pastora. Cabe preguntarse ¿por qué la gente de rango y fortuna querría mudarse de la ciudad al campo profundo? Voy a aventurar una respuesta.

Al mismo tiempo que las novelas de caballería, circulan por ahí las novelas pastoriles cuyo tema central es el amor entre pastores en un marco inmejorable de verdes prados, ríos cristalinos, noches de luna, vaquitas y borregos. A estos amores se le componen sentidos poemas y canciones. Podríamos decir que Grisóstomo, al igual que Don Quijote, pretende hacer realidad lo leído en la soledad de su biblioteca.

Para el capítulo 13, muy de mañana, los pastores se reúnen para el sepelio del malogrado pastor. Ante el cortejo fúnebre se lee el último poema del difunto; expresa las penas que pusieron fin a su vida. En eso están cuando aparece Marcela, causando conmoción entre los asistentes. Un tal Ambrosio la cuestiona diciéndole:

—¿Vienes a ver ¡oh fiero basilisco de estas montañas! si con tu presencia vierten sangre las heridas de este miserable a quién tu crueldad quitó la vida?— y otras linduras por el estilo.

Ella responde:

—No vengo, Ambrosio, a ninguna de las cosas que has dicho, sino a volver por mí misma y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan— dejándoles en claro que jamás dio esperanzas a su pretendiente. De la misma forma reclama:

—Que no me llame cruel ni homicida aquel a quien no prometo, engaño, llamo ni admito.

La pastora cierra con una contundente declaración cuyos ecos resuenan hasta hoy (recordemos que se hizo en el siglo 17):

—Yo nací libre y para poder vivir libre, escogí la soledad de estos campos. Tengo libre condición y no gusto de sujetarme.

Y he aquí que la aventura de Don Quijote consiste en desenvainar la espada para advertir a los pastores que se abstengan de molestar a Marcela y, antes bien, aprecien su honestidad y la tengan por buena, ya  que ha sido franca y la razón le asiste.

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