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Macabra leyenda de María Angula; le preparó a su marido caldo de tripas… de humano

Foto(s): Cortesía
Redacción

María Angula era una niña conocida en su ciudad por su manía de ser lengua larga y con aires de "sabelotodo".


Ella había nacido en la ciudad de Cayambe, Ecuador. Era la hija de un poderoso hacendado.


La chica era muy querida entre la gente del lugar, por su carácter muy alegre y despierto.



 


Todo ese cariño que recibía le duraba muy poco, debido a que María creyéndolo todo un juego decía muchas mentiras a las personas con las que vivía.


También contaba y propiciaba rumores sobre los demás con la intención de volver a amigos en enemigos.


Tanto gastaba el tiempo en esto, que no pudo aprender a cocinar.



 


La vida marital de María


Y ya mayor, la joven María se enamoró de un buen varón, Manuel, quien era un hombre trabajador y muy sencillo, quien creía en los trabajos bien realizados y en la honestidad, todo lo contrario a su futura esposa.


Sus problemas empezaron al casarse con Manuel, pues éste le pedía a María, que le preparara sus platos favoritos, una misión imposible para la joven, quien apenas era capaz de hervir una olla de agua y no sabía recetas de cocina.


Por tal situación, María se vio obligada a consultar su vecina, Mercedes, quien era una excelente cocinera para que le diera instrucciones.


María Angula corría entonces con su vecina. Nada más terminaba Mercedes de hablar, María salía con el cuento de que ya sabía cómo hacer el guiso y que era bastante fácil.



 


Día tras día, María iba a la casa de Mercedes, quien con mucha paciencia le explicaba las recetas, pero la recién casada era muy desagradecida y siempre le decía: “yo ya sabía cómo se preparaba la receta” y se marchaba.


El escarmiento de María


Como esto sucedía día tras día, un día la paciencia de Mercedes se le acabó. Estaba molesta y se decidió a castigar a la irrespetuosa recién casada.


Fue así como María, como siempre, le consultó a su vecina como se preparaba el caldo de tripas debido a que Manuel le había pedido que le preparara ese platillo.


La vecina le dijo que fuera al cementerio con un cuchillo afilado para sacarle la panza y las tripas al último muerto del día.


Que después volviera a su casa para lavarlas y cocinarlas con agua, sal y cebolla, hervir el caldo por diez minutos, y nada más.


Igual que siempre, la impertinente María se pavoneó de conocer la insólita receta.


María siguió las instrucciones de la vecina al pie de la letra y le preparó el caldo de tripas a su marido, quien no dejó nada en el plato.


El marido sin saberlo, hasta se relamió los dedos ante aquella "sabrosa comida" y alabó las capacidades culinarias de María, que nuevamente se había salido con la suya.


La venganza del muerto


Esa noche, cuando la joven pareja se encontraba durmiendo, María Angula fue despertada por unos quejidos lastimeros.


La pobre mujer se encontraba aterrada sobre su cama. Un sórdido silencio invadía el ambiente.


María escuchó unos fuertes pasos que subían por las escaleras y se detuvieron al frente de su puerta.


Después un ser fantasmal cruzó por el umbral. Y se escuchó una voz cavernosa y siniestra que decía:


—¡María Angula, devuélveme mis tripas que robaste de mi santa sepultura!


Horrorizada, María observó como el espectro de horrible apariencia entraba en su habitación.


El miedo a la mujer le salía hasta por los ojos. Apenas podía moverse llena de horror, ante aquella figura descarnada y luminosa.


Intentaba gritar para despertar a su marido, pero su voz se negaba a salir.


Mientras, el espectro avanzaba mostrándole el hueco que había dejado en su cuerpo y repetía:


—¡María Angula, devuélveme mis tripas que robaste de mi santa sepultura!


Para no verlo, se escondió bajo las cobijas. Pero las manos frías y huesudas del profanado difunto la agarraron de los pies para arrastrarla hasta un lugar donde jamás pudieron encontrarla.


Cuando Manuel despertó, no encontró a su mujer y jamás volvió a saber de ella.

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