El espejo refleja a una mujer destartalada y eso me da mucha vergüenza. Por eso a nadie le he contado que apenas tengo 34 años. Nací rodeada de miseria y el destino me quitó a mi madre cuando apenas era una niña. Murió en una ambulancia cuando iba al hospital. Creo que tenía todos los huesos rotos, por la paliza que le propinó mi padre que, supongo, ni cuenta se dio de lo que hizo por la embriaguez que traía. No le duró mucho tiempo el gusto de quedarse viudo, en la cantina una cuchillada le abrió una puerta en la barriga por donde se le derramó el alma. Nadie lo lloró, ni siquiera yo al quedarme huérfana.
No puedo decir que me casé, porque no lo hice. Ramón no me preguntó si quería irme con él. Tan solo me arrancó de mi casa como cualquier yerbajo. Me hizo tres chamacos, pues cada noche llegaba con aquella lumbre de amor y su aliento alcohólico se me metía por la boca y la entrepierna. Era lo único de provecho que hacía medio bien. Recuerdo que en los primeros días le tenía miedo. Asustad,a me acurrucaba en un rincón de la casa y llorando le pedía:
-Ya no me pegues Ramón, haré todo lo que quieras.
Nunca pude dejarlo, porque quedarme sola con mis hijos me aterraba. Una noche, la cirrosis se llevó ese cuerpo esponjoso e hinchado de alcohol a lo más profundo de la tierra. A veces me gana una sonrisa, pensando que tal vez los gusanos hicieron una fiesta de 30 días con la carne y el vino del cuerpo de Ramón.
Ahora estoy aquí, los reclamos no se apiadan y entran sin permiso a mis orejas:
-Mamá, tenemos hambre- me dicen mis hijos.
-Señora, me debe cuatro meses de renta- insiste el dueño de la casa.
-Si no me paga, no le fío más- dice el señor de la tienda de la esquina, con un sabor rancio de avaricia.
Un día fui a ver a mi comadre Eulalia, para que me ayudara a conseguir trabajo o para que me prestara algún dinero. Pero no, lo único que me dio fue un consejo.
-No seas tonta, comadre. Si quieres ganar dinero, solo párate en una esquina y verás que solitos llegan los clientes. Te dan hasta cien pesos por media hora y ellos pagan el cuarto. Total, no vas a hacer algo que no hayas hecho y a veces te encuentras a algún “cuerito” que hasta gusto te va a dar.
Porque le debía favores, no le dije sus verdades a mi comadre Eulalia, pero me dio harto coraje que me ofreciera ser una mujer de la calle. Bonita me iba a ver yo. Una mujer vieja y seca parada en una esquina, ofreciendo sus despojos a los hombres. ¡Sí! A esos hombres que se aparecieran en la noche como vampiros, listos para llevarse mi poca sangre y secarme aún más.
Han pasado 20 días desde que platiqué con mi comadre Eulalia. El hambre y mis deudas me orillaron a recargarme en un poste de luz amarillenta. Pienso que el foco me alumbra como una muñeca de aparador que muestra su mercancía; pero en mi caso, más bien parezco una muerta recién salida de su tumba que vende su cuerpo deformado por los años y los malos tratos. Sin embargo, cuando hago un “rato”, extraño el aliento alcohólico de Ramón, pero ese aliento se lo acabaron los gusanos, allá, debajo de la tierra.
