Tengo cita con el médico esta noche, en un par de horas,-una visita de rutina- que confieso, es más para tener la oportunidad de charlar con el doctor, quien es una persona muy amable y simpática. Estar ahí me proporciona mucha tranquilidad ya que la energía que hay en él es muy positiva.
Su consultorio está ubicado en el centro de la ciudad, en una zona con gran dificultad para encontrar estacionamiento, así que siempre procuro salir con mucha anticipación, para que en caso de tener que dejar el auto lejos y obligarme a caminar, en ocasiones cuatro o cinco cuadras.
Hoy, el tránsito vehicular fluye con bastante rapidez- cosa que no es muy común a esta hora- así que llegaré con mucha anticipación, claro, si no tengo problemas para encontrar estacionamiento. Doy vuelta a la esquina y al acercarme al consultorio, con gran sorpresa descubro que justo frente a él, hay un lugar desocupado.
Felicitándome por mi buena suerte, me estaciono lo más rápido que puedo, para evitar que algún abusivo, sin vergüenza alguna, me gane el lugar mientras empiezo a realizar mis maniobras.
Al terminar de estacionarme, observo mi reloj y me doy cuenta que faltan veinte minutos para mi cita, así que decido permanecer en el auto escuchando música. Volteo hacia la sala de espera para ver cuántos pacientes hay, y solo veo a una señora, la cual, después de unos minutos, se levanta y entra al consultorio.
He estado muy atento para que en el momento que la señora salga, yo cruce la calle y entre. Sin embargo, como ya ha pasado mucho tiempo y esto no sucede, así que decido bajar del coche, atravieso la sala de espera, toco la puerta del consultorio y cuando ésta se abre, noto que no hay ningún paciente con el doctor. Él, muy amablemente, me saluda diciendo:
-Buenas noches, Don Jonás. Pase, lo estaba esperando.
-Buenas noches, doctor… disculpe, no me di cuenta a qué hora salió su paciente.
-¿Mi paciente?
-Sí, una señora entró mientras esperaba mi turno.
-No Don Jonás, nadie ha entrado, usted es mi primer paciente. Tengo otra cita más, pero al finalizar la suya.
-No puede ser, yo la vi entrar a su consultorio.
-Me temo que lo imaginó.
-No. La vi, y por eso estaba esperando su salida… Doctor, de veras ¿no entró nadie?
-Claro que no, ¿ porqué le mentiría?
-Es que puedo describirla: tenía cabello largo y negro, con un vestido blanco y de porte muy elegante.
-¡Ah que Don Jonás!, creo que tuvo una jornada de trabajo muy larga y el cansancio le hace imaginar cosas. Pero pase, pase y tranquilícese.
Entro al consultorio con gran desasosiego. Apenas pongo atención a lo que el médico me dice después de auscultarme y mientras escribe en su recetario el medicamento que necesito, sigo preguntándome qué pasó con la paciente.
Tomo la receta, doy las gracias, me despido y salgo mirando con temor la silla donde estaba la mujer que vi y que el doctor dice, no existió. Cruzo la calle, subo al auto y antes de arrancarlo, volteo una vez más al consultorio y me pregunto:
-¿Realmente la vi?- y me contesto de inmediato: -Claro que sí, por supuesto que la
vi. Era real... ¿o no?
Frase: “Al terminar de estacionarme, observo mi reloj y me doy cuenta que faltan veinte
minutos para mi cita, así que decido permanecer en el auto escuchando música”.
