Mónica Ortiz Sampablo
En algún momento de nuestra vida, muchos tenemos un encuentro con los libros, que están ahí para decirnos algo. Colocados silenciosamente en un librero, guardados en algún estante, abandonados en una habitación. Nuestra historia va a ser tocada o trastocada por un libro, para bien o para mal, para provocarnos gusto o quizá en un desafortunado encuentro para provocarnos aversión.
Seremos afortunados si nos toca que mamá o papá nos cuente un cuento antes de caer en un sueño profundo, pues lograremos aferrarnos al libro como un objeto clave desde los más tiernos años; y es que la huella que van dejando los libros en la vida de las personas es importante, así como el hecho de conocer lugares y personas de otras latitudes lo es para los que viajan. Escuchaba hablar a las personas adultas cuando era una adolescente, llamaba mi atención el énfasis que ponían en lo fundamental que era viajar, ir por el mundo para conocer e impregnarse de otras costumbres, el cambio de formas de ver el mundo que esto provocaba.
Me extasiaba escuchar a mis amigas que luego de un periodo vacacional llegaban a contar sobre los lugares visitados; imaginaba las fotografías habladas en la conversación, para después buscar en la enciclopedia indicios de aquellos lugares; por lo general los libros tenían pocas láminas a color, pero qué más daba si me ofrecían la continuidad y complemento de algo que antes era completamente desconocido para mí.
Los surcos que dejaban estas charlas, estos intercambios con mis amigas, se volvían grandes posibilidades de abrir caminos para enriquecerme y maravillarme. La curiosidad siempre jugó un papel muy importante en mi proceso de acercamiento a los libros para ejercer este derecho que ahora en mi etapa adulta sé que existe; defender las manifestaciones que engrandecen el espíritu y aportan a la vida oportunidades tan trascendentales como las de viajar. Defender el derecho a leer como un acto cotidiano, para mí es hoy por hoy un ejercicio constructivo y a veces también deconstructivo.
