Mónica Ortiz Sampablo / Última de tres partes
El despertar fue abrupto, mi abuela me sacudía y gritaba desesperadamente: “¡Fue un mal sueño, hijita!”, mientras me apretaba contra su pecho. Temblaba con una estela de sudor recorriendo mi rostro; mis manos, engarrotadas por la experiencia terrorífica de la pesadilla, eran acariciadas con ternura; poco a poco la paz regresaba.
-La mujer me llamó, abuelita; quería llevarme con ella, tomó mi mano.
-Fue sólo un sueño, tal vez producto de todo lo que se está comentando en el pueblo, debido a la muerte de la madre de Tona; te has de haber impresionado demasiado, niña mía.
Mi abuelita no podía creer que lo que me había sucedido fue real; en verdad, la mujer Cihuapipiltin de la que se hablaba, existía, y había venido para llevarse a alguien; no quería que llegara la noche porque tenía miedo de que regresara. Mis abuelos colocaron una cruz en la cabecera de mi cama, y echaron “loción verde” alrededor del cuarto, por consejo de Doña Juve, una señora a la que le ocurría todo tipo de cosas extrañas; por eso ya se sabía infinidad de remedios, dijo que con eso se alejaban las malas presencias.
A todo esto, el bebé estaba muy tranquilo, contrario a los días anteriores en que había estado llorón. Las vecinas se enteraron de lo que me había sucedido, dijeron que era porque en la casa estaba el hijo de la difunta, externaron que era mejor no tenerlo cerca, de ese modo regresaría la tranquilidad a la comunidad; eso es cruel, pensé.
No quería que Tonatiuh se fuera. Esa noche logré dormir en el mismo cuarto de mis abuelos, con el pequeño en su moisés, sin mayor problema. A la mañana siguiente, Doña Tacha tocó desesperadamente, dijo que Cihuapipiltin había intentado llevarse a Camelia, su hija, igual que a mí.
Mis abuelos cruzaron miradas, y se alejaron hacia el cobertizo donde acostumbraban arreglar sus asuntos, lejos de oídos curiosos. A la distancia, vi cómo sus ostros eran avasallados por la tristeza. Al volver a mí, sus miradas estaban serenas. Me explicaron que llevaríamos a Tonatiuh a la ciudad, que ahí le encontrarían unos buenos padres, y eso hicimos.
