Doctor, si me deja tomar este tequila, le prometo no beber en mi funeral
Chavela comenzó a cantar al mediodía, simulando que la botella de tequila era un micrófono. Mientras agitaba el dedo medio a modo de batuta, cordialmente dedicaba -a unas y otros- señas graciosas y obscenas. Le hacía segunda, una palomilla disonante que entonaba la Adelita con pasión. Antes que llegaran los mariachis, el coro, guiado por la voz aguardentosa y potente de la Vargas, complacieron a Frida con La Llorona, Paloma Negra y Cielito Lindo.
La maestra reposaba en su cama, en una esquina del jardín desde donde veía todo, escuchaba lo que quería, y cotorreaba con amigas y camaradas que le acercaban platillos y tragos. Era la tarde del 6 de julio de 1954; Frida Kahlo celebraba –de manera consciente o sin saberlo- su último cumpleaños: el número 47.
Ella había organizado el encuentro con delectación; invitó a más de cien cuates y cuatas; dispuso en varias mesas alrededor del patio, mole de pavo, tamales oaxaqueños, frijoles negros con rabanitos, chiles rellenos de queso, huazontles de Blanca, pechugas en escabeche, carne de res en pulque, y el platillo favorito de Diego: el mole “manchamanteles” de Oaxaca, delicia que también sedujo a Sor Juana Inés de la Cruz. Frida prefería el mole con pato, que entonces se cazaba en Ixtapalapa.
En la Casa Azul de Coyoacán, florecía la mexicanidad a pleno; los coreutas malograban La Bruja y Paloma Negra, El venadito y La Sandunga, en olas destempladas. La cantina reclamaba, en ritmo creciente, urgente reposición de tequila, mezcal, sotol, charanda y el pulque que proveía La Rosita, célebre en el barrio. La mesa de postres era asediada por las y los pocos niños asistentes que devoraban a destajo los dulces de almendras con duraznos, camote con piña, coco y el de mamey. Haciendo eses entre los judas multicolores, guardianes del espacio, la perrita Capulina secundaba a la Q, una hermosa niña que vino con María y el Quía, amigos de la pareja anfitriona.
En la tarde apacible, Frida confesó a sus cercanos: "quise ahogar las penas en alcohol y las canijas aprendieron a nadar". A su lado estaban Leonora Carrington, Concha Michel, Isabel Villaseñor, los “Fridos” y Miguel Covarrubias. También Fanny Rabel, a quien Frida recitaba sus versos: "Mereces un amor que quiera bailar contigo, que visite el paraíso cada vez que vea tus ojos y que no se aburra nunca de leer tus expresiones. Mereces un amor que se lleve las mentiras, que te traiga la ilusión, el café y la poesía".
Cerca de la cocina y de las estancias principales, Diego coqueteaba con Malú Cabrera Block y discutía con el gentleman Adolfo Best Maugard sobre su Alfabeto de Arte, que Rivera rechazaba porque lo consideraba represivo.
Al promediar la madrugada, Arturo Estrada, Guillermo Monroy, Andrés Henestrosa y Antonio Ruiz “El Corcito”, entre otras y otros de los cien invitados, le volvieron a cantar Las Mañanitas, al percibir el melancólico estar de Frida.
Frida Kahlo anticipaba su muerte, por eso aquel día no festejó su cumpleaños, sino celebró su vida, su amor por Diego, el arte y la política. En ese tiempo, hizo las últimas intervenciones a su diario con pensamientos en torno a la muerte, el dolor físico y trazó dibujos de ángeles negros.
El arte más poderoso de la vida es hacer del dolor un talismán que cura, una mariposa que renace florecida en fiesta de colores
Y Frida lo hizo, a pesar de los pesares y dolores que la afligieron toda su vida. Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, de madre y abuelo oaxaqueños, nació con espina bífida, que obstaculizó el desarrollo de su columna vertebral. A sus tiernos seis años, le diagnosticaron poliomelitis que la dejó con varias discapacidades, entre otras, la de su pierna derecha que quedó más delgada que la izquierda.
A los 18 años, el 17 de septiembre de 1925, el autobús en el que viajaba con su novio oaxaqueño, Alejandro Gómez Arias, chocó contra un tranvía en la esquina del mercado San Lucas. Frida sufrió tres roturas en la columna vertebral y fracturas en la clavícula, las costillas, la pelvis, la pierna y el pie derecho. Tuvo que ser operada en 35 ocasiones durante toda su vida.
En agosto de 1953, después que le amputaran la pierna derecha, por debajo de la rodilla, la salud de Frida Kahlo fue de mal en peor. Para entonces, ya había realizado una pródiga y maravillosa obra plástica “florecida en fiesta de colores”.
Espero alegre la salida y espero no volver jamás
El 13 de julio del 54 en la madrugada, Frida se quejó de dolores intensos. “La enfermera que la cuidaba se los calmó y se quedó con ella hasta que la pintora se quedó dormida. A las seis de la mañana regresó para ver cómo seguía. Frida tenía los ojos abiertos, fijos y su cuerpo estaba frío”, según cuenta la escritora Hayden Herrera.
“Cuando entré a su cuarto para verla, su rostro estaba tranquilo y parecía más bello que nunca. La noche anterior me dio un anillo, que compró como regalo para nuestro vigesimoquinto aniversario, para el que todavía faltaban diecisiete días. Le pregunté por qué me lo estaba dando tan pronto y contestó: 'Porque siento que te voy a dejar dentro de muy poco'", escribió Diego Rivera.
Con un vestido de tehuana, huipil blanco de Yalalag, un collar de Tehuantepec y anillos en todos los de las manos, el cuerpo de Frida fue colocado en un ataúd y velado en el Palacio de Bellas Artes, del entonces Distrito Federal.
Entre las personalidades que asistieron al homenaje de cuerpo presente, se encontraban el general Lázaro Cárdenas, David Alfaro Siqueiros, Carlos Pellicer, Lola Álvarez Bravo, Juan O’Gorman, Aurora Reyes y José Chávez Morado, entre otros.
Durante la velación, Arturo García Bustos -autor del fresco "Cosmogonía de los pueblos indígenas del Estado de Oaxaca", situado en el Palacio de Gobierno, y profesor en la Escuela de Bellas Artes de la UABJO-, colocó encima del ataúd una bandera roja con el martillo y la hoz, emblema del proscripto Partido Comunista de México.
Al concluir las ceremonias del homenaje, el féretro fue cargado por Rivera, Siqueiros, Andrés Iduarte y otras personas hasta la carroza fúnebre, que se encaminó hacia el crematorio del Panteón de Dolores.
Durante la cremación, los presentes despidieron a Frida con canciones que le gustaban, como la Internacional, Adiós, mi chaparrita y La barca de oro, entre otras.
El maestro David Alfaro Siqueiros dijo que al momento de que el cuerpo se incendiaba, parecía que Frida estaba sonriendo dentro de un girasol.
"Frida es un ícono de la cultura popular, pero también de la cultura mexicana, de la cultura de las mujeres, de la cultura de los discapacitados. Hay que estudiarla porque nos puede ayudar mucho en esta época de epidemia, donde necesitamos de la resiliencia al sentirnos tan frágiles”, declaró en un reportaje reciente, Hilda Trujillo, directora general del Museo Frida Kahlo.
