La vida es como una madeja, tenemos la potestad de enredarla durante el camino. Hay personas que cuidan que los hilos nunca se anuden ni se enreden, pero conforme avanza, lo más probable es que tengamos que ir deshaciendo los nudos, incluso podemos tomar las tijeras, aunque a decir de mi abuelo la vida se trata de saber cuándo y cómo desenredar esta urdimbre.
Giuseppe y Manuela, mis abuelos paternos, quienes inundaron mis días de verano con sus cuentos, acunaron mis noches con sus cantos a dos voces, todo lo hacían juntos, hasta donde la memoria me alcanza. Conocer la vida de mi abuelo, saber que en mis venas corría la sangre de Beatrice, pero que mi historia estaba escrita con la pluma de Manuela, fue una revelación que me condujo hacia la curiosidad sin fin. Mis abuelos construyeron un hogar increíble; Ítalo, mi padre, también fue feliz con el amor de ambos, así como con el de sus hermanos que fueron llegando uno tras otro. Tuvieron un total de cuatro hijos, a los que enseñaron no solo a bordar, sino también a la creación de huertos, el amor a los animales, el respeto a las tradiciones y costumbres; decían que el trabajo más importante de un niño, era jugar.
Por las tardes se juntaban en torno a la lotería, al trompo, volaban papalotes en la colina o jugaban a enterrar pequeños jarros de barro con tesoros personales en su interior; en más de una ocasión cavaron sin éxito por aquí y por allá para encontrar aquello que jamás volvieron a ver. Los hermanos crecieron sin saber que Ítalo sólo lo era por parte del padre. Aquellas vacaciones que pasé con mi abuelo, absorta ante el regalo de sus secretos, sabía que era una herencia que me correspondía en línea directa; después de todo, mi padre había muerto cuando yo era muy pequeña, apenas tenía recuerdos suyos y era justo que mi abuelo me condujera a ellos. Después de conocer la trama paralela de mis raíces a causa de mi curiosidad insaciable, empecé a ver más claramente mi destino como tejedora de historias.
