Siempre es un fenómeno especial la relación que se produce con la conjunción correcta de la naturaleza, los insectos y el ser humano; así intervienen en forma activa la conciencia del espectador y la naturaleza.
Al entrevistar al artista plástico Noé Díaz Ibáñez, nos dice: “Nací y viví mi niñez en un pueblo de campesinos del valle de Etla, Oaxaca, región llena de tradiciones, leyendas y festividades que se conjugan con la labranza y cosecha de la tierra, la cual me permitió también entrar en contacto con los animales silvestres, principalmente insectos, tales como los chapulines, campamochas, chicatanas y cangrejos, que eran mis juguetes favoritos, bajo el cobijo de la imponente flora del Valle de Etla.
"Quedé grandemente impactado por esas hermosas experiencias que quedarían grabadas en mis archivos mentales; la inquietud de plasmar pictóricamente estas vivencias surgió en mi adolescencia y cuando mi padre me cuestionó qué quería estudiar, sin dudarlo le contesté: quiero ser pintor.
"Para mi padre, la única alternativa de un campesino para salir adelante era el estudio; serenamente y con adusto semblante me contestó: 'eso no da de comer'.
"Pasaron más de 30 años inmerso en los quehaceres que dan de comer, ya que estudié y ejercí la licenciatura en Contaduría y en los albores del siglo 21, sentí pulsar con más vitalidad estos archivos mentales que guardé desde mi niñez; y armándome de valor, inicié de manera autodidacta; y con gran entrega y entusiasmo empecé a trabajar los pinceles y otras herramientas en lienzos, papel, madera, objetos de reciclaje, las configuraciones de insectos que jugaba de niño, mezclándolas con las costumbres y tradiciones, dando como resultado chapulines tocando instrumentos musicales, como en las festividades y mayordomías o chicatanas, tomando mezcal o cangrejos en luna llena, impregnados de esos bellos colores que sólo se ven en el campo.
"Los insectos se integraron a la actividad humana, viven y conviven conmigo y tengo la gran posibilidad de plasmarlos en mis obras con fascinación".
La obra de este gran artista plástico no necesita mucha descripción, se siente ligada a la tierra, a la naturaleza, a nuestros orígenes y nuestras costumbres, con un colorido mágico propio de nuestros orígenes.
Ha expuesto con gran éxito en nuestra ciudad de Oaxaca, Villa Hermosa, Tabasco; Pachuca, Hidalgo; Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey; y en el extranjero, en Buenos Aires, Argentina; en Chicago, en Los Ángeles, California, Estados Unidos; en Serbia, República Checa y muchos lugares más, donde ha llevado el nombre de Oaxaca y sus costumbres.


