Ella es Ernestina, Lucrecia, Florencia y Eleonora. En realidad se llama María, pero cada vez que alguien la contrata como empleada doméstica, prefiere llamarla de otra manera. No es que María sea difícil de aprender o de pronunciar. El cambio proviene más bien de una conveniencia propia de las clases acomodadas y de la practicidad de reemplazar a las personas como se reemplazan los muebles de la casa. Cada tanto mira su mano; la abre buscando aquella palabra que le fue arrebatada cuando tenía dieciséis y que aún muchos años después no le ha sido devuelta, o al menos no intencionalmente.
En su monólogo "El Nombre" (1974), la dramaturga argentina Griselda Gambaro aborda una violencia que pocas veces es representada: la simbólica. A simple vista, parece que un conjunto de letras no es la gran cosa, pero sí lo es, sobre todo cuando la capacidad de nombrar y configurar está en manos de quien tiene el poder; pues el lenguaje, más que describir al mundo, lo crea. Al sustituir deliberadamente el nombre de María, sus empleadores la silencian y la privan poco a poco de su identidad, lo cual significa también negar su existencia, su individualidad y su dignidad humana.
La protagonista llega a la vida adulta sin reconocerse a sí misma, fragmentada y en un estado que deambula entre la normalidad y la psicosis. Las funciones que desempeña en los distintos hogares que habita, tampoco permanecen estáticas. Da lo mismo si tiene que ser niñera, cocinera o cuidadora de gente vieja, su función primordial parece ser cubrir cualquier necesidad de aquel que pueda pagar por su trabajo. De este modo, su supervivencia termina implicando soportar y perpetuar una relación asimétrica que eventualmente normaliza junto al hecho de ser llamada Ernestina, Lucrecia, Florencia o Eleonora, aunque su único nombre sea María y las fuerzas sólo le alcancen para gritar.
