Un estadio lleno es un ente vivo. De pronto, el grito que rompe el silencio de la multitud: la mentada de madre cuando el ampáyer se inventa un strike en la esquina de afuera, canta el ponche y fin del inning cuando tenemos a dos en base con desventaja de una; el cubetero con la chela y la promo; la carcajada de los amigos; los silbidos a las porristas arrítmicas; los viejos que se sientan detrás de home y mantienen vivo el arte casi extinto de llevar el score; las empanadas de San Antonino, aunque ya no las traiga la Lupe; los padres jóvenes desesperados por explicar a sus hijos los secretos del juego de pelota; la ola insipiente que no recorre ni la mitad del graderío; el Oaxaca Vives en Mí antes de la parte baja de la séptima entrada, son sólo algunos de los personajes, olores y sonidos que dan vida a nuestro parque, el Eduardo Vasconcelos donde afición y equipo viven una luna de miel después de dos victorias y una derrota en la primera serie de una temporada en la que todos las apuestas juegan en contra de los Guerreros.
Es un equipo joven, le falta picheo, el bateo es débil y mil y un críticas rodean a este grupo de peloteros que en apenas tres partidos saltan al campo a romperse la cara. Es verdad que la novatez se evidencia en el momento decisivo, como el partido del domingo en que les falló un squeez play a la hora buena. Es verdad también que los relevistas son una moneda al aire pero si hay algo que no se le puede reclamar a esta escuadra es la entrega.
La derrota en el juego inaugural pegó en el ánimo pero supieron venir de atrás y ganaron dos en fila con un partido épico el domingo en que, después de tres horas y cuarenta minutos de partido, la afición aguantó las nueve entradas en la orilla del asiento y se fue a casa con una sonrisa en el rostro y la anécdota para el lunes.
Este tipo de juegos en los que ves a tu equipo sobreponerse a un cuatro a cero, luego a una segunda desventaja casi devastadora, son los que generan el vínculo indisoluble entre la fanaticada y los nueve en el campo, los que traen gente a las gradas, crean complicidad y comprensión recíproca, apoyo incondicional pero exigencia diaria.
Hoy de nuevo se canta play ball en casa y la mayoría de nosotros tenemos expectativas poco optimistas para los Guerreros, pero la verdad es que así estamos acostumbrados a escribir las grandes historias, hay que recordar que en 1998 nadie daba nada por el equipo de Vicente Pérez Avellá y dirigido por Nelson Barrera, que echaron en playoff a Diablos, Sultanes y Acereros para alzar el campeonato con jugadores como Homar Rojas, Ramón Esquer, Fabián López, Roberto Carlos Méndez, Scott Lidy, es más, de aquella escuadra revelación aún queda el Venado Álvarez que es el coach por tercera.
Difícil repetir aquella historia pero este equipo se crece al castigo, el Houston Jiménez ha jugado agresivo porque la escuadra no tiene nada qué perder, salen sin miedo al error, así que no esperemos nada de ellos que aún disfrutan el juego, que van en busca de la almohadilla y se estrellan en el hombro del segunda base, se barren de cabeza en primera y persiguen la pelota hasta el fondo del jardín central, total ¿ellos qué pueden ofrecer?
