Desde que tengo uso de razón fui feliz al lado de mi familia. Recuerdo los parques y las ferias que visitábamos después de la obligada santiguada dominical. En los juegos mecánicos me sentía volar como papalote sostenido por el hilo de vida de mis padres; después comíamos barquillos de chocolate oscuro, que parecían pequeños ramos de flores negras. También recuerdo esos lugares llenos de árboles, que parecían montes de arañas verdes columpiándose en el viento; ahí jugábamos a las escondidas y los troncos tostados de sol nos servían de escondite, para después comer palomitas de maíz o algodones de azúcar clavados sobre una aguja de madera. Por las tardes salía a platicar con Sofía. Ella era mi amiga y vecina. Su sonrisa amplia y sin matices parecía una mano que me hacía cosquillas para soltar la risa.
Como hijo único crecí mimado hasta unos meses antes de cumplir los nueve años. Cierta noche escuché lo que nunca había escuchado: mis padres, encerrados en su recámara, discutían. Sus palabras se encimaban una a una como costras malignas, sin lograr entender lo que hablaban. De todo el griterío, solo alcancé a distinguir que mi padre le decía a mi madre: “Toleraría cualquier cosa de tí, pero lo que me has hecho jamás te lo perdonaré”. Me sentí confundido, abrí la puerta y corrí a abrazar el cuerpo de mamá, pero todo lo vi rojo. Un líquido caliente y viscoso como lava de volcán, humedecía mis manos y bajaba gota a gota por mis piernas.
No recuerdo más y me desmayé. Cuando recuperé la conciencia me sentí vacío, pero a un lado de la cama se encontraba mi abuelo Nicolás. Sus manos balsámicas acariciaban mi pelo, tratando de darme un poco de alivio. Envolví su cuello con mis manos y lo abracé hasta que se terminaron mis lágrimas. El abuelo me llevó a su casa, donde viví por algunos años. Por los hijos de los vecinos supe que mi papá se encontraba en la cárcel. Cuando fui mayor me enteré que estaba acusado de uxoricidio, delito que ameritaba muchos años de prisión.
Pasaron las semanas, los meses y algunos años. El dolor, como agua turbia, se fue asentando en el fondo de mi vida. Ahí se quedó como un plato maldito, con pedazos de coraje, pérdida y tristeza, combinado con una profunda soledad. El abuelo tenía un taller mecánico y en él me quedé a trabajar. Por las noches me quedaba en la casa que fue de mis padres y, para no dar explicaciones a mis compañeros, también abandoné la escuela.
Quería estar solo, pues sentía que el estigma del delito cometido por mi padre, se encontraba tatuado hasta en mi mirada. No quería ver amigos reales ni fingidos, pues no son otra cosa que estorbos para la soledad. Una tarde se presentó mi amiga Sofía, eran los momentos en que menos la necesitaba. A pesar de sus esfuerzos, no logró romper mi mutismo y terminó yéndose como las hojas del verano.
Ahora voy camino a la feria volando a la deriva, como un papalote sin hilo que lo sostenga. Parezco una persona normal, pero en mi ser no hay alegría, ni emoción ni sentimiento alguno.
“Mis padres, encerrados en su recámara, discutían. Sus palabras se encimaban una a una como costras malignas”.
