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Personal de intendencia, héroes anónimos en los nosocomios de Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Redacción

Desde abril de 2020, cuando el Hospital General del IMSS Zona No 1 “Doctor Demetrio Mayoral Pardo” comenzó a dar atención a pacientes con SARS-CoV-2, Azucena Díaz Bravo y sus compañeros de intendencia no recibieron una capacitación sobre cómo colocarse el equipo de protección, que, por cierto, ellos mismos adquirieron.


“Aprendimos por medio de tutoriales en internet, no queríamos contaminarnos. Todos los que estamos en UCI, nos compramos nuestro equipo, lo que es el overol y los googles porque el hospital sólo nos proporcionaba una bata y una mascarilla N95”.


Lo anterior, dijo Azucena, debido a que el instituto confiaba en que durante los primeros meses de cuarentena, el hospital y el personal no se verían rebasados. Sin embargo, en julio de 2020 el número de muertos despuntó y el riesgo para los trabajadores incrementó, al igual que sus jornadas laborales.


“En la ciudad de Oaxaca decían que moría un número mucho menor al día, pero en realidad, en 24 horas llegábamos a contabilizar 16 muertos tan sólo en el IMSS, algo que se está repitiendo este mes”, alertó. 


Arriesgar la vida por amor al trabajo


“A mí me encanta mi trabajo”, dice Azucena Díaz Bravo de 39 años de edad, quien en marzo cumplirá 5 años como personal de intendencia en el IMSS y desde hace 10 meses se encarga de la limpieza de las áreas COVID del hospital en la capital oaxaqueña.


Debido al riesgo que esto conlleva, hace tiempo ha dejado de utilizar ropa de calle y sólo porta ropa quirúrgica para evitar llevarse el virus casa. Mantiene un estricto protocolo de seguridad.


Al salir de su casa lo hace con ropa quirúrgica, luego llega al hospital y se pone su overol, sus googles, su gorro y su bata; usa tres pares de guantes de látex y un cubrebocas N95 que le proporcionan únicamente en el área COVID.


Una vez terminada su jornada laboral, el protocolo es aún más minucioso: cada que se retira una prenda se lava la manos; luego, de pies a cabeza, se rocía con alcohol o cloro y se queda así durante 10 minutos para posteriormente poner a remojar su ropa en las mismas sustancias, mientras ella se baña dentro del hospital.


“No me toco la cara, ni los ojos, nada. Mi ropa la echo en una bolsa de plástico y siempre llevo una muda extra, igual quirúrgica, para regresar a casa. Todos nos bañamos antes de salir del hospital”, indica. 


En su hogar, su mamá de 65 años y su hija de 14 la esperan; por ello, antes de entrar la rocían nuevamente con alcohol. Ella pasa directo a bañarse, lavar y desinfectar su ropa. Además, duerme sola en otro cuarto, para evitar poner en riesgo a su familia.


Y es que antes, afirma, el gobierno le paga hotel a personal médico, de enfermería, camilleros y de intendencia, pero en octubre el apoyo se fue.


Una labor desvalorada


Azucena tiene el turno de la noche y sus labores consisten en recoger la basura, trapear, lavar cómodos y patos, recoger pañales sucios y limpiar los lugares de los pacientes COVID que no alcanzan a llegar al sanitario. Además, apoya al personal de enfermería y camilleros a agarrar o levantar a los enfermos cuando los intuban.


Esto, dice Azucena, le ha motivado para comenzar a estudiar Enfermería en la UABJO y seguir ayudando a las personas; en el hospital es muy conocida por su calidad humana al facilitarle a los pacientes la comunicación por videollamada con sus familiares, o alegrándoles la noche con algo de música. 


“Yo me pongo en su lugar: el estar aislado o no saber nada de tu familiar enfermo; por eso les ofrezco mi teléfono para comunicarse. Lo hago de corazón. Algunos ya me ubican, aunque no físicamente, lo hacen porque hago mi aseo acompañada de música y platico con ellos. Les llevo un poco de alegría para que no sientan la tristeza que llega a inundar a todas estas áreas”.


De acuerdo con Azucena, ese nosocomio prácticamente es 100 % COVID; "hay enfermos en Urgencias, UCI, Respiratorio y Medicina Interna (segundo piso). Hasta el jueves se contabilizaban 98 pacientes en segundo piso, 33 en Urgencias y 8 en la UCI. El IMSS es el hospital que tiene más camas para SARS-CoV-2, pero está lleno”, por tanto, su trabajo se ha multiplicado.


“Necesitamos que nos valoren más como categoría, nada más ponen en alto al personal médico y de enfermería, pero nosotros estamos detrás. Lavamos y recogemos el excremento, limpiamos el equipo de intubación. Nosotros también estamos expuestos”, alza la voz.


Mejor adentro, que afuera


“Estar adentro en el área COVID es muy triste, la gente no ve realmente lo que está pasando; no es posible que la gente se descuide. Hay personas que llegan ya con la enfermedad muy avanzada, otras que no se quieren intubar. Vemos morir a mucha gente”. 


Sin embargo, para Azucena es mejor permanecer laborando dentro del área COVID, dice que es mucho más segura, porque afuera llegan personas a pedir atención médica que mienten sobre sus síntomas y cuando les hacen la prueba dan positivo, una situación que ha ocasionado los contagios y muertes en el personal del IMSS.


Con miedo recibió la vacuna


La llegada a Oaxaca de las vacunas contra COVID-19 fabricadas por Pfizer ha sido “una bendición” para los trabajadores de ese nosocomio. Aquí, incluyeron al personal de intendencia que labora en esta zona aislada.


Un día antes de recibir la primera dosis del inmunológico, cuenta Azucena, el miedo la invadió y se puso a llorar, luego rezó, porque aunque dice no profesar alguna religión, sí cree en Dios.


“Me dio miedo ponerme la vacuna porque hay quienes se han puesto graves, pero lo hice por mi mamá y mi hija, no las quiero contagiar. He visto morir a compañeros a causa del virus, no quiero que me pase lo mismo”. 


Afortunadamente, Azucena sólo experimentó dolor de cabeza a los 15 minutos después de aplicarle el biológico y al siguiente día presentó presión alta, pero fue estabilizada en el mismo nosocomio. Cuenta que otros de sus compañeros tuvieron las misas reacciones y en algunos casos hubo sarpullido.


“Hemos querido salir corriendo”


Por el aumento de contagios y muertos creció la demanda de limpieza en el nosocomio y el desgaste del personal sigue siendo inevitable.


“Estamos cansados, es mucho estrés. Cuando estamos dentro del equipo de protección nos da ansiedad, se nos va el aire y en ese momento queremos quitarnos todo y salir corriendo; entonces, nos tranquilizamos, porque si nos quitamos el equipo, nos contaminamos”.


Sin embargo, estar desde otra trinchera en la lucha contra la pandemia, comenzó a causarle problemas de depresión a ella y a sus compañeros.


“Yo bajé de peso por depresión; dejé de comer 20 días, estaba muy agotada. Me ponía a llorar y a orar. Decía ‘ya no quiero regresar al hospital’, pero sola tuve que salir adelante. Comencé a caminar y me apoyé en mi familia". 


De acuerdo con Azucena, en julio les brindaron apoyo psicológico, pero luego se los quitaron: “Sólo es por temporadas, como ellos no están en el área COVID, no saben cómo ha sido estar adentro desde el inicio de la pandemia, o en el caso de compañeros que han perdido a sus familiares ahí adentro".


También les prestaban un apoyo de masajes pero “muy de vez en cuando”; lo mismo pasó con la hidratación: “Antes nos daban suero, agua, pero ahora nada. Los compañeros ya no quieren ir a trabajar, están cansados, también tienen miedo”.


En lo físico, afirma, viven con las marcas que dejan los googles y los cubrebocas en sus rostros.


“En área COVID nos dan cubrebocas N95, pero en otras áreas sólo tricapa y eso cuando hay. A veces nos hacen firmar cuántos usamos, nos los cuentan”. 


Además, aquellos trabajadores que se han contagiado solo reciben incapacidad por 15 días y luego debe reintegrarse, aunque no estén al 100 por ciento recuperados.


“Los obligan a regresar a trabajar. Necesitan más días para descansar. Dan 5 días desde que te tomas la muestra, de ahí te dan 10 días más y luego debes regresar, aún con las secuelas. Una compañera regresó, se le iba el aire, no podía trapear, recoger basura, nuestra actividad es pesada, entonces le ayudé, porque hace falta más apoyo para el personal que se ha enfermado”.


Explotación


"Nosotros también somos seres humanos. Hay jefas y jefes que nos explotan, que no nos apoyan. Que ni si quiera se paran en el área COVID. No saben del esfuerzo y agotamiento físico y mental que es estar ahí", lamentó Azucena.


Señala que en diversas ocasiones han pedido apoyo, han elaborado solicitudes y han recibido negativas de una las jefas del turno matutino, a quien ya han reportado, pero pareciera estar protegida por alguien.


" Tenemos más apoyo de la jefa del horario nocturno... Y es algo que pasa en todas las áreas: algunos jefes se alzan con nuestro trabajo, pero realmente no se paran por ahí, no nos apoyan y por el contrario nos exigen mucho más, sin importar nuestra salud, nuestro desgaste y que también tenemos una familia que nos espera en casa".


Ejemplificó: "A los de jornada acumulada les dan mucha carga de trabajo porque las jefas dicen que tan sólo vienen dos días, de una jornada de 16 horas en el turno de la noche, y así los hacen entrar a COVID, ya muy cansados", lo que los pone más vulnerables a contagiarse, puesto que aúnque ya vacunaron a una parte de los trabajadores, aún faltan por inmunizar a varios más, no sólo de intendencia, si no en todas las categorías.


"Los que estamos en área COVID recibimos la primera dosis de vacuna, pero me parece injusto porque hay compañeros que entran y salen de área. Todo el personal del instituto está en riesgo, ya no sólo los que estamos en primera línea".

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