Pasar al contenido principal

La libertad de expresión no solo se conmemora, se defiende

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Redacción

La libertad de expresión no se rompe de un solo golpe; se erosiona. Se desgasta en silencio, entre amenazas, autocensura, presiones económicas y un clima de hostilidad que obliga a muchos a medir cada palabra antes de decirla o escribirla. Es uno de los derechos más proclamados en el discurso público, pero también uno de los más frágiles en la práctica.

En México, este derecho está reconocido en la Constitución desde 1917, en su artículo 6 y 7, que establecen que la manifestación de ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, salvo en casos muy específicos. Sobre el papel, es un blindaje sólido. En la realidad, la ecuación es mucho más compleja.

Organizaciones como Artículo 19 han documentado que en los últimos años el país se ha mantenido entre los lugares más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Las agresiones no son únicamente físicas: incluyen campañas de desprestigio, hostigamiento digital, espionaje, despidos, presiones institucionales y un fenómeno cada vez más extendido: la autocensura como mecanismo de supervivencia.

El problema no es solo quién ataca la libertad de expresión, sino también el entorno que permite que esos ataques tengan consecuencias limitadas. La impunidad en agresiones contra periodistas supera porcentajes alarmantes en distintos periodos documentados por organismos internacionales. Cuando la violencia no se castiga, se normaliza.

Pero el riesgo no recae únicamente en los medios. La libertad de expresión también se juega en las redes sociales, en las universidades, en las comunidades y en la calle. Cada vez que una persona decide callar por miedo a represalias, ese derecho se reduce un poco más.

Defender la libertad de expresión no es un acto retórico ni exclusivo del gremio periodístico. Es una condición básica para que exista el debate público, la rendición de cuentas y la vida democrática. Sin ella, la información se convierte en versión oficial; y la opinión, en un privilegio, no en un derecho.

El reto no es reconocerla, conmemorarla y/o celebrarla, sino sostenerla en un contexto donde expresarse puede tener costo. Porque una sociedad que deja de decir lo que piensa, tarde o temprano también deja de saber lo que le ocurre.

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.