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onsultorio del alma. Cuenta conmigo Psiconálisis, política y ciudadanía. Realidad y mentira

Foto(s): Cortesía
Redacción


Por Rafael Alfonso

Si algo tiene la realidad es que es insobornable. Podemos adornarla, matizarla con adjetivos o intentar ocultarla con retórica, pero la sustancia de lo real permanece. Existe una diferencia insalvable entre un túnel y un callejón sin salida; quien decida ignorar esta distinción por conveniencia o ceguera voluntaria, es libre de hacerlo en el plano de la fantasía, sin embargo, si pretende atravesar ese callejón a toda velocidad: la colisión contra la pared no es una posibilidad, sino una certeza física.

Como psicoanalistas, comprendemos mejor que nadie que la psique humana posee una capacidad asombrosa para modificar la percepción de la realidad conforme a fines específicos. El deseo es un motor potente que deforma la visión para protegernos del dolor o para sostener una identidad amenazada, pero, incluso el mecanismo de defensa más sofisticado tiene sus límites. No existe, hasta donde la ciencia y la experiencia clínica nos enseñan, un poder mental que por simple deseo, voluntad o interés político sea capaz de modificar la sustancia material de las cosas.

La versión oficial

Cuando el discurso oficial se aparta de la evidencia empírica para construir una mitología de conveniencia, entramos en el terreno de lo delirante. Las versiones que la administración ha difundido acerca de los recientes homicidios de ciudadanos a manos del ICE en Minneapolis no son simples errores de apreciación; son construcciones fantasmagóricas diseñadas para procurarse impunidad.

La narrativa gubernamental sostiene que estas personas representaban una amenaza letal. Se afirma que estaban armados —una víctima con su vehículo y la otra con un arma de fuego— y que los oficiales se vieron "obligados" a neutralizarlos. Sin embargo, cuando contrastamos este relato con la crudeza de los hechos registrados, la disonancia es absoluta. La administración parece apostar por una ceguera colectiva, una venda impuesta sobre los ojos de la ciudadanía para que no vea lo que es, a plena luz, evidente.

La mentira repetida

Joseph Goebbels, el artífice de la propaganda nazi, dejó una sentencia que ha resultado en un manual de estilo para los regímenes autoritarios: "Si repites una mentira con la suficiente frecuencia, la gente la creerá". Esta premisa tenía sentido en la primera mitad del siglo XX, cuando la radio, el cine y los periódicos eran los medios masivos, donde no tenían cabida las voces disonantes. La verdad para la ciudadanía era, en gran medida, lo que el estado le permitía o le obligaba a mirar.

No obstante, la apuesta de la administración actual por esta táctica goebbelsiana resulta torpemente anacrónica. Vivimos en la era de la hiper-transparencia tecnológica. Los videos de los hechos en Minneapolis circularon por todo el mundo prácticamente en tiempo real. Cualquier ciudadano, desde la comodidad de su dispositivo móvil, puede realizar un análisis cuadro por cuadro de lo ocurrido.

Cuando la evidencia audiovisual muestra a una persona desarmada, o en una actitud que de ninguna manera justifica el uso de fuerza letal, la insistencia oficial en la "defensa propia" deja de ser una estrategia de comunicación para convertirse en una flagrante negación de la realidad, al pretender convencernos de que no estamos viendo lo que estamos viendo.

¿Por qué un gobierno se arriesgaría a sostener una mentira tan fácilmente refutable? El sujeto —en este caso, el aparato estatal— se anoticia de los hechos, pero decide actuar como si no los conociera. Reconocer la verdad implicaría aceptar la quiebra en la estructura moral de las instituciones de seguridad, pero, no se puede gestionar una nación desde el delirio perpetuo. ¿O sí?

¿Quieres saber más? Pide informes a los teléfonos 951 274 8812/951 285 3921.

 

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