Por LUBIA ESPERANZA AMADOR
La Feria Litúrgica de la Dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo (dos de las cuatro Basílicas que desde el 2006 se llaman Papales), es signo de la unidad de la Iglesia, así como de la fraternidad de estos dos apóstoles “pilares” para nuestra fe.
La de San Pedro fue construida desde el año 323 por el Emperador Constantino, sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, en la colina llamada Vaticano, en Roma. Esta Basílica duró dos siglos sin cambios, pero ante el riesgo que presentaba su construcción de colapsar, se optó por demolerla y en su lugar el Papa Nicolás V inició, en 1454, la construcción de una nueva, misma que tardó en levantarse un siglo y medio. Finalmente, el Papa Urbano VIII la consagró en 1626, el 18 de noviembre, aniversario de la consagración de la primera. La Basílica de San Pedro ocupa 15,000 metros cuadrados, los más famosos artistas, como Bramante, Rafael, Miguel Ángel y Bernini, trabajaron en ella, obviamente es de una hermosura excepcional; en su cúpula, el altar mayor fue construido justamente sobre el sepulcro de San Pedro; no olvidemos que precisamente esa es la razón por la cual la Sede de nuestra Iglesia Católica se encuentra en el Vaticano.
La Basílica de San Pablo está al otro lado de Roma, a 11 kilómetros de San Pedro, en un sitio llamado "Las tres fontanas", porque la tradición cuenta que allí le fue cortada la cabeza a San Pablo y que al caer al suelo dio tres golpes y en cada uno salió una fuente de agua. La antigua Basílica de San Pablo la había construido el Papa San León Magno y el emperador Teodosio, pero en 1823 fue destruida por un incendio; entonces, con limosnas que los católicos enviaron desde todos los países, se construyó la nueva, sobre el modelo de la antigua, pero más grande y hermosa, la cual fue consagrada por el Papa Pío IX, en 1854. En los trabajos de reconstrucción se encontró un sepulcro sumamente antiguo (de antes del siglo IV) con esta inscripción: "A San Pablo, Apóstol y Mártir".
La Presentación de la Santísima Virgen María en el Templo(21 de noviembre)
La Fiesta Litúrgica de la Presentación de la Virgen María en el Templo, nos permite celebrar, junto con los cristianos de la Iglesia Oriental, la "dedicación" que María hizo de sí misma a Dios, desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su Concepción Inmaculada, como nos lo dice la Liturgia de las Horas.
Este importante acontecimiento de la Virgen María no lo conocemos por los libros del Nuevo Testamento, sino por la tradición que se basa en el Protoevangelio de Santiago, un libro apócrifo (del griego apartado, oculto), es decir, que no forma parte del canon de la Sagrada Biblia y que data de mediados o finales del siglo II; ahí se narra que María Santísima, a los tres años de edad, fue presentada en el Templo por sus padres Joaquín y Ana, para consagrarla a Dios y para ser instruida en la piedad. El Antiguo Testamento ya nos anunciaba la importantísima participación de María Santísima en la historia de nuestra salvación; el libro del profeta Zacarías, por ejemplo, dice: “Canta gozosa, oh hija de Sión, pues mira que yo vengo para quedarme contigo, dice Yahvé..." (2, 14-17). Este texto se refiere a María Santísima, pues el Señor viene a habitar en Ella; la Virgen María es, como nos lo recordaba el Beato Juan Pablo II: “el Templo donde Dios ha puesto su salvación”.
Esta Fiesta surgió en Oriente, en el año 543, cuando fue dedicada la Iglesia de Santa María la Nueva en Jerusalén. Pero fue hasta el año 1372 cuando se introdujo en Aviñón, por el Papa Gregorio XI, gracias a que un gentil hombre francés, Canciller en la Corte del Rey de Chipre, fue enviado como embajador ante el Papa y le contó la magnificencia con que celebraban en Grecia esta fiesta el 21 de noviembre. En 1585 el Papa Sixto V promulgó esta Fiesta para la Iglesia Universal. La Beata Ana Catalina Emmerick (mística alemana y religiosa agustina del siglo XVIII) escribió místicamente revelaciones que incluyen la presentación de María en el Templo.
