La tensión en Medio Oriente alcanzó un nivel crítico el pasado sábado 28 de febrero, cuando Israel y Estados Unidos iniciaron operaciones militares conjuntas contra Irán, en lo que describen como un intento de “eliminar la amenaza existencial” del régimen de los ayatolás. Durante los ataques, una escuela primaria en la ciudad iraní de Minab fue alcanzada, dejando al menos 53 niñas fallecidas, según reportes locales y videos difundidos en redes sociales que muestran la devastación.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, agradeció al presidente Donald Trump por su “liderazgo histórico” y subrayó que la ofensiva busca impedir que Irán obtenga armas nucleares capaces de amenazar a la humanidad. Asimismo, aseguró que la acción conjunta abre la posibilidad de que los diferentes sectores del pueblo iraní —persas, kurdos, azeríes, baluchis y ahwazis— se liberen del régimen de los ayatolás y construyan un Irán “libre y pacífico”.
Reza Pahlavi —príncipe heredero de Irán— celebró la intervención de EE. UU. e Israel y la calificó como una acción humanitaria contra el aparato represivo del régimen. Pahlavi insistió en que la victoria final será del pueblo iraní y llamó a las fuerzas de seguridad de Irán a no defender al líder supremo, Ali Jameneí, instando a los ciudadanos a permanecer seguros pero preparados para volver a las calles cuando sea necesario.
La ofensiva también ha generado repercusiones civiles y de seguridad en la región: en Dubái, Emiratos Árabes Unidos, las autoridades suspendieron temporalmente todos los vuelos en sus aeropuertos, dejando a miles de pasajeros varados como parte de los protocolos de seguridad aérea ante ataques y amenazas recientes.
En Doha, Qatar, un misil iraní fue interceptado, pero su propulsor cayó sobre la ciudad y explotó, aumentando la preocupación sobre la seguridad de la población civil.
