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A Victoria, in memoriam

Foto(s): Cortesía
Redacción

“Murió Victoria, Victoria solitaria, Vicdelia”.


Luna Azul


-¿A dónde vas, Victoria?- te pregunté hace cinco días. Venías subiendo por el camino viejo, con tu machete y un cordel en la mano


-A traer un poco de leña- contestaste con tu eterna sonrisa de niña. No te dije que iría a Oaxaca por un día, por no sentirme incómoda recordando que no te complací cuando me pediste que te llevara a la ciudad. Hoy por la mañana llegó Jorge, tu vecino. Venía cabizbajo, nomás verlo y algo sintió el corazón.


—Se murió Victoria —dijo.



Cuando tu madre faltó, elegiste tomar su lugar renunciando a tu compromiso de boda. Al volar tus hermanos para buscar su propia senda, decidiste vivir en soledad, en tu mundo aparte. Algo  pasó en tu cerebro, nadie supo cuándo inició el daño, solo era evidente en las crisis que se presentaban, de las que solo tus vecinos eran testigos. Los tratamientos médicos que tus hermanos te procuraron sirvieron para menguar su magnitud, ningún ajeno  podría notar algo extraño en tu conducta. Tu sonrisa de niña quedó en tu rostro para la eternidad. El féretro blanco en que irás a encontrarte con la tierra, es el símbolo de tu condición de virgen.


Mirándote dormida en tu cama, recuerdo el sabor de los tamales que nos llevaste no hace más de una semana. Recuerdo también tu mirada que sonreía a la par que tu boca y tu impecable vestimenta. Siempre me fijé en eso, no salías de tu casa así fuera para ir a la tienda sin arreglarte como para fiesta; es que tal vez permitirte un contacto humano, era para ti una fiesta.


Hoy, esta noche que tu cuerpo será velado, en tu casa hay una gran romería. Luces en tu  cocina, en el cuarto en el que dormías. En tu patio, de vista privilegiada al horizonte, hay ahora dos grandes fogones improvisados con enormes ollas, tu cocina está invadida por diligentes mujeres que acudieron de forma voluntaria para prepara tus honras. Afuera, los hombres mueven cualquier cosa que estorbe para que la gente, que llega como en procesión, pueda estar cómoda. Ahora salgo al corredor, miro los grandes botes llenos de flores, muchas flores que han traído. Siguen llegando hombres,  mujeres con niños y más flores, veladoras, muchas cajas de pan, café, chocolate, garrafas de mezcal, cigarros, incluso bolsas de carne de pollo y guajolote destazada y lavada, lista para ponerla en las ollas que sueltan el hervor. 


Nadie sabe que tú, mi marido y yo, tuvimos un festejo el día de Todos los Santos y que fuimos privilegiados por degustar en tu cocina una gran taza de café con tamales de mole que tú nos invitaste, pero lo mejor de esa mañana fue la plática, tu plática, tu risa y tus preguntas. Supimos entonces que no vivías sola por el abandono de tus hermanos, vivías sola porque así era tu deseo y tu voluntad.


Estoy asombrada, Victoria. La gente te quería. Tú, la solitaria, no tienes que preocuparte por quién se hará cargo de tu funeral. Tus hermanos también llegaron, de la Costa, del Istmo, de la capital. Tu muerte los reencontró en esta casa, la de sus padres.


 


“Tu cocina está invadida por diligentes mujeres que acudieron de forma voluntaria para preparar tus honras”.

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