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Tiernas flores amarillas

Foto(s): Cortesía
Redacción

Anoche tenía hambre, así que preparé mi cena, una quesadilla, plato típico de Oaxaca. Tomé una tortilla de maíz, al centro le coloqué una porción de quesillo, una ramita de epazote y tiernas flores amarillas de calabaza, doblándola a la mitad, la coloqué al fuego hasta fundir el queso. Me acosté a las once de la noche. Abrí la página seis del libro “Cómo escribir tus poesías” de D’Addario y leyendo me quedé dormido.


Una luz blanca se colaba por los amplios ventanales del salón. Los arreglos de flores de cempasúchil aromatizaban el cálido y etéreo espacio. Cual mesa artúrica, había doce sillas formando un círculo perfecto. Hasta ese momento, solo una de ellas se encontraba vacía.



 -Hoy vamos a comentar los textos que cada uno de ustedes escribió-, dijo el más viejo de todos.


Algunos toscos candelabros sostenían la luz de las velas amarillentas. El anciano llevaba unos lentes de gruesos aros a media nariz y una gran maraña de pelo blanco cubría su cabeza. Su grupo de alumnos le decía "maestro Monsi". Uno a uno fue leyendo lo que había escrito. De pronto, se hizo el silencio ante la presencia del doceavo invitado.


Ahí, a contra luz, se encontraba un hombre de unos sesenta y cinco años. Un cabello áspero, canoso y muy bien cortado brotaba de su cabeza; sin embargo, lo que más llamaba la atención era aquella sonrisa que nacía debajo del gran bigote. El "Monsi" se puso de pie y lo invitó a sentarse en la silla número doce, cual si fuera el Rey Arturo Pendragón.


-Maestro "Gabo", le presento a mi grupo de aprendices de escritores- le dijo.


-¡Ah qué "Monsi"! Tú siempre del lado de las causas perdidas- respondió "Gabo".


Sin hacer caso al sarcasmo de García Márquez, "Monsi" se dirigió al grupo:


-Hoy he invitado al maestro "Gabo", para que platiquen con él y aclaren algunas dudas sobre el arte de escribir.


Fue cuando una chica se levantó. Palmeando las manos y moviendo las caderas al ritmo de una canción imaginaria, dijo:


-A Pilar Ternera no le interesa hacerle ninguna pregunta al Gabriel, porque hoy ha traído batas amarillas para que todos bailen.


"Gabo" se dirigió a Úrsula Iguarán y al ritmo de unas cumbias vallenatas, sus cuerpos se movieron de forma sensual. Amaranta se encontraba sola, me dirigí a ella y le pedí bailar conmigo. Sus ojos hicieron contacto con los míos y bailamos en silencio. El baile se generalizó, parecía que todos los habitantes de Macondo se habían escapado para asistir a la fiesta. Los whiskies en las rocas subían el tono del reventón, cuando a lo lejos se escuchó una voz desvelada que gritaba:


-¡Llegaron los tamales!


Aún con el sopor del sueño, seguí disfrutando del sabor amargo del cuerpo de Amaranta.


-¡Hay de mole, de dulce y de chepil!


Poco a poco se iban alejando las coplas del fondo musical del pregonero de los tamales:


"Encadenado a Macondo sueña".


-¡Ricos y calientitos!


"Don José Arcadio/ y ante él la vida pasa haciendo/ remolinos de recuerdos".


-¡Llévelos  de rajas y de amarillo!


"Eres epopeya del pueblo olvidado/ forjado, en cien años de amor esa historia".

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