Son inescrutables los caminos de la vida, algo seguro, es que a cada paso es una oportunidad de aprendizaje. Corría el año de 1988, lo conocí joven, tal vez algo ingenuo, muy entusiasta de su profesión, con gran convicción de su labor, eso que se le denomina vocación. La vida le sonreía porque él le sonreía a la vida; un día se mudó de una ciudad del centro a una ciudad del sur, con todas las condiciones a su favor. Era muy bueno todo, porque hay quienes son personas de la buena suerte.
Se desempeñó en su labor por varios años, dando muestra de su coherencia entre lo que sabía y hacía, reconocido y admirado por sus colegas, por su empatía con sus compañeras, compañeros, amigos familiares, hubo en algún momento de ese trayecto la necesidad de emprender un nuevo y halagüeño proyecto, mismo que representaba un ascenso, un peldaño más fruto del esfuerzo, y si como siempre una pizca o un cúmulo de buena suerte; alguien con gran visión vio su talento y le invitó a acometer nueva empresa; en el inter de este proceso pensó en cierto grado de certidumbre ¿o temor?
Que no debía renunciar a los que hacía y se dijo que sólo pediría un permiso para probarse en la nueva empresa y saber si estaba listo; en la empresa que dejaba le decían que no había tal permiso (y sí lo había), pero ya su puesto estaba pensado para otras personas, dado que dejaba el
recurso de la plaza y tomaría en la nueva empresa una nueva plaza, finalmente la circunstancia lo puso en la “necesidad” de renunciar “voluntariamente”; tiempo después se dio cuenta de la situación pues ya había dado el paso, por un tiempo
considerable se lamentó, pasó por situaciones inestables de economía, casa, transporte y un malestar respecto a la nueva situación, que aun cuando era algo s lo que aspiraba, inicialmente el confort logrado se había desvanecido, ahora viajaba en un tumultuoso río de rápidos, muy rápidos y había que tener gran habilidad para sortear los escollos que había a lo largo del camino.
Una vez más la templanza, el tesón, la paciencia, hicieron que su vida tomara nuevos y mejores derroteros, la tormenta había pasado y la pruebas superadas. Todavía quedaba en el semblante aquel resentimiento de que “alguien había propiciado aquellas circunstancias inmerecidas o injustas”
Hoy día lo sigo veo con aquella expresión de alguien que reconoce, que la vida, el destino, las personas, son instrumentos que por causalidad están allí a la vera del camino para fungir como maestros, como pruebas a superar para alcanzar la realización del ser humano, y más allá de los resentimientos está la capacidad de perdonar y agradecer a los innumerables maestras-maestros que nos tiene reservada la vida para pulirnos y no quedarnos con antiguas ataduras que dilatan la posibilidad de la autorrealización. Y aquel, aquella joven que aún conozco y veo andando por los senderos cotidianos, puede decir con gozo ¡Gracias a los maestros de la vida!
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