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La memoria de los carnívoros

Foto(s): Cortesía
Redacción

Una vez, mientras mi abuelo me enseñaba a jugar conquián, escuchamos los ladridos feroces de los perros que te gustaba perseguir. Nos asomamos por la ventana y ahí estabas tú, con el roedor en los brazos, rodeado por los caninos. Él salió a ahuyentarlos y te advirtió que si querías sacar a pasear al conejo, debías hacerlo lejos de los perros que te gustaba perseguir, porque los carnívoros no olvidan las ofensas. Entonces te llevó de la mano al parque y los vi alejarse mientras las cartas se mojaban con el sudor de mis dedos.


Los ojos, los ojos, los ojos. Si lo pienso bien,no eran especiales; a lo largo de mi vida he visto muchos otros conejos con las pupilas igual de rojas, pero éramos chicos y nos odiábamos. No te hagas el loco. Cuando estábamos en la calle, hacías como si no me conocieras. Caminabas siempre adelante de mí sin esperarme, diciendo que las faldas me hacían ir muy lento, que no debía usar suéteres de encaje con ese calor de siempre, llamando estúpidos a mis zapatos de charol.


Recuerda que no podía quedarme dormida. En esas fechas comenzaron a asomarse las ojeras que todavía no me he podido quitar; recuérdalo así, como yo recuerdo cuando, mientras cepillabas al conejo me dijiste, y estas palabras las sé con exactitud: "abuelo me dijo que ya no te quiere y ahora yo soy su consentido".


Supe que debía hacer algo para que las cosas no fueran de ese modo, para que él volviera a pasar las tardes enseñándome a hacer trampa en los juegos de azar y contando historias que tú no tenías interés en oír. Ya. Sé que debo soltarlo. Hace poco lo escuché, debemos aprender a soltar, a dejar ir. Piénsalo. No quiero que te enojes por lo que voy a contarte ahora, ha pasado mucho tiempo y al final uno tiene lo que merece. Sabes que eras una criatura difícil…


 

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