Le daba risa ver cómo nos peleábamos por él, como decías que eras el consentido por ser el mayor de los dos y el único hombre, mientras yo gritaba que me quería más a mí porque prefería quedarme a jugar cartas con él que salir a corretear a los perros del vecindario contigo y los otros niños. Los odiaba.
Más bien odiaba que les diera igual manchar sus pantalones, raspar sus rodillas. Comencé a odiarte a ti también, cuando me di cuenta de que amabas a tu mascota, a ese macho que me causaba insomnio, que me miraba por las noches desde el otro lado del cuarto metido en su jaula, con los ojos terriblemente rojos espantándome el sueño.
Empezaste a pasar más tiempo con mi abuelo y a mí cada vez me hacías menos caso. Ni siquiera mostrabas interés en pelear conmigo. No podía rendirme; cuando él estaba cerca, fingía querer a la coneja, le decía cosas cursis y la llenaba de besos. Una vez me ayudaste a ponerle un moño rosa en el cuello, pero en la hora de la comida me regañaste frente a todos: ese listón está muy apretado y la está ahorcando. Luego se lo quitaste para hacerme quedar como una descuidada tonta. No sé si esas fueron las palabras exactas, no puedo hacer memoria de cómo hablabas en ese entonces, pero tal vez lo fueron. Acuérdate, eras un mal niño. Sí, eso era.
Ahora me hace reír pensar esas cosas, pero en aquel momento sentí que todo el peso del mundo me rebotaba en la espalda. Poco a poco fui dejando a la coneja con mi abuela. Ya no le daba de comer ni me esforzaba por abrazarla. Dije que era alergia, que cuando estaba cerca de los animales, me daba comezón en la nariz. No sé si me creyeron, me gusta creer que sí porque pronto se la regalaron a otra niña y yo volví a usar mis vestidos blancos sin miedo a que se llenaran de pelos y a poner moños de colores en mi cabeza y no en cuellos extraños.
Por un momento me convencí de que todo había vuelto a ser bueno y normal, pero mi abuelo ya no jugaba a las cartas conmigo y sólo a ti te compraba dulces …
