La Feria Internacional del Libro de Oaxaca (FILO) es un acontecimiento cultural que deberíamos valorar no sólo por lo que de hecho es: la oportunidad de acceder a miles de libros que difícilmente se encuentran en provincia, sino también por las voces que cada año convoca: escritores, periodistas, editores, músicos.
Cada año, la FILO sazona noviembre y reúne a platicar, en medio de los vientos desatados del atardecer, a autores internacionales y lectores oaxaqueños.
A Oaxaca regresó uno de mis escritores favoritos, Álvaro Enrigue, que además es profesor en la ciudad de Nueva York donde vive con la también escritora Valeria Luiselli, quien presentó en esta edición de la FILO Los niños perdidos, su más reciente ensayo en Sexto Piso.
Diálogo con jóvenes
A Álvaro le propuse que, además del diálogo que sostendría con otros autores en torno a los límites de los géneros literarios, platicara con jóvenes de preparatoria sobre su vida en los Estados Unidos en este momento tan delicado, pero también de la vocación y los desafíos que implica ser escritor y la esperanza que la literatura entraña.
Me motivó que, al igual que ellos, yo no sabía qué quería estudiar antes de terminar la prepa y me impulsaban más los clichés televisivos que los costos bien sopesados de convertirme en abogado en un país donde la justicia es una quimera.
En el Liceo Federico Froebel, Álvaro se puso la diadema de conductor de radio para platicarnos sus gustos favoritos en esa edad en la que todo revoluciona a nuestro alrededor; su decisión de estudiar comunicación en tanto definía su futuro y sus horas leyendo como un enfermo en la sala de su casa donde estaba la televisión apagada.
La charla fue de su primer rompimiento amoroso impulsado por la idea insólitamente madura de querer construir un futuro en las letras, a la confesión de no haber sido admitido a la UNAM, lo que a la postre ha significado más de una irónica reivindicación.
A nivel de cancha
En otras palabras, Álvaro bajó la discusión a nivel de cancha para intercambiar ideas con unos jóvenes demasiado inquietos, tal vez en la medida que su inteligencia reclama mayores espacios de diálogo con los adultos, usualmente más preocupados por otros asuntos.
Se trataba de una arena distinta. No la presentación de un libro ni la discusión sobre algún tema literario específico, sino el intercambio franco de ideas. No debemos olvidar que sigue siendo lugar común entre la clase política referir el bono demográfico que los jóvenes representan, aun si esto no repercute absolutamente en ninguna decisión inteligente para, por ejemplo, ampliar la oferta de educación superior y que los potenciales profesionistas no se extravíen en el empleo informal o peor aún, en la delincuencia.
Álvaro les recordó a los chavos lo que para él significó leer El Quijote, la mejor novela que se haya escrito, y cómo esto lo impulsó a tomar las decisiones que por primera vez lo ponían frente a la responsabilidad de ser independiente.
Una niña le preguntó qué podía hacer frente a su indecisión de estudiar cualquier cosa y a la falta de sentido que percibe en su vida diaria. Álvaro la escuchó y platicó con ella como lo hizo con otra chica que le compartió su interés de dedicarse a las letras, a pesar del sentimiento de derrota que la acompaña cada vez que intenta escribir un buen texto.
Sin inspiración
A esta última, Álvaro le recordó que la inspiración no viene de ninguna parte, aunque solemos, en el mundo hispánico, atribuírsela a alguien. “Al final es tu trabajo y no hay nada sagrado en esto”. Vi la discreta sonrisa en el rostro de la futura escritora al término de la sesión de preguntas y respuestas. También la noté en los chicos que probablemente gastaron lo de su semana para adquirir un libro del novelista que ganó el Premio Herralde 2013 por Muerte súbita.
Los encuentros fortuitos pueden determinar nuestra vida. Alguna vez en tercer año de secundaria, en una clase de español donde nunca sucedía nada extraordinario, levanté un libro de portada verde que tenía a un señor vestido de traje e inclinado en el piso de un edificio.
Leí El barón rampante de Italo Calvino y mi vida nunca volvió a ser la del chico que prefería jugar futbol que abrir un libro. Le agradezco a Calvino, pero no sé dónde esté enterrado para, algún día, ir a dejarle unas flores y sentarme a platicar con su fantasma.
Me consuela que, después del viernes pasado, varios chicos del Federico volverán a platicar con Álvaro en sus novelas o en sus cuentos o en sus artículos y no habrán de visitar ninguna tumba.
Gracias, Memo Quijas, por hacerlo posible.
